Nómada en permanente búsqueda, viajó por casi toda la República
Mexicana participando de la vida campesina en la siembra de jitomate (tomate),
sandía y cortando caña en la zona
azucarera. Trabajó con pescadores de mar, en las minas del Rosario y con
artistas trashumantes. Vivió en los Valles del Mezquital, una de las zonas más
áridas de México.
Tomado de una nota biográfica escrita por Adela Fernández.
Desde el momento en que leí la noticia del
fallecimiento de Adela, cuya literatura
calificó Gabriel García Márquez de “seriesísima, tristísima y oscura”, e
incluyó “La jaula de Tía Enedina” entre los diez cuentos latinoamericanos que toda
persona debería leer, sentí la urgencia de escribir lo que me he sentado a
escribir ahora. Me ha costado trabajo empezarlo, como sucede cada vez que sé lo
difícil que será siquiera aproximarme, en unas pocas cuartillas, a expresar lo
mucho que siento, pero si no lo hago voy a sentirme por el resto de mis años en
deuda con ella, a quien tanto admiraba y quería, a pesar del poco tiempo que
nos concedió la vida para compartir.
La conocí en la primavera de 2005, en Santo
Domingo, durante la conferencia de Latino Artists Round Table (LART) que se
llevó a cabo en la universidad de esa ciudad. Cuando llegué ya mi hijo, Mario
Picayo, llevaba varios días allí y aquella noche, durante la comida, me dijo
que tenía que conocer a esta escritora mexicana que le había presentado Chiqui
Vicioso, de quien era muy amiga. Dos días atrás Adela le había regalado Vago espinazo de la noche y Duermevelas, dos pequeños libros que
contenían sus cuentos, y Mario no había podido interrumpir su lectura, me dijo,
desde el momento en que los comenzó. Constantemente me repetía: qué bien escribe
esta mujer, y entre bocado y bocado me contó la trama de “Vago espinazo de la
noche”, el primer relato del volumen que lleva ese título: un grupo de
huérfanos planea suicidarse en masa para escapar de los abusos del prefecto del
orfanato en que viven. Y con el libro en la mano, Mario contaba y a veces leía.
Los convence a suicidarse uno de los muchachos, “hijo de un curandero y sobrino
de una espiritista, [quien] presumía de tener contacto con el más allá y
conocimiento sobre los rectos caminos de la muerte”, les aseguró que después de
morir subirían por el vago Espinazo de la Noche hasta el divino cerebro sideral
del Bien donde disfrutarían de la felicidad perfecta. “Con palabras
descriptivas nos dibujó la existencia del vago Espinazo de la Noche conformado
de polvo de luz y de armoniosas constelaciones. Fue fácil imaginarnos esa
inmensa y luminosa osamenta brillando en la negrura del firmamento nocturno.
Nos prometió que ascenderíamos a Dios por ella; iniciaríamos ese viaje tanático
por el coxis e iríamos trepando por las vértebras que nos revelarían misterios
inimaginables. Al alcanzar las cervicales podríamos entrar al cerebro de Dios.
Eso nos dijo.” Tal como lo habían planeado, los niños mueren y al parecer su
plan celestial se consuma, con excepción del narrador de la historia, a quien debido
a no tener su mundo interno en orden le está vedada la ascensión. Contrahecho y
mudo, queda vivo, mentalmente “vagando en la zona inferior del esqueleto del
universo” hasta que ordene su propio caos, y vértebra por vértebra suba, tenga
acceso a la zona de polvo y luz y, como lo hicieron sus amigos, pueda llegar a
Dios. Al finalizar Mario el resumen yo estaba ya ansiosa por leer los libros. Los
leí de un tirón, después los he releído detenidamente, varias veces, y cada vez
termino deslumbrada por esas tramas macabras, escritas haciendo uso de los
recursos formales que utiliza con tal perfección, que me obliga a continuar
leyendo y sintiendo, al terminar las treinta y siete historias, que la
existencia oscura de esos personajes me ha hecho ver con más claridad la mía. Y
es que Adela, escribiría yo más tarde, “haciendo un certero uso de la lengua,
de una imaginación desbordada y un sagaz manejo de la ironía, ajena a
moderaciones acomodaticias, hace que las bien construidas tramas de estos
relatos se unan debido a la crítica
social y anticlerical que los permea, a una observación expuesta sin paliativos
de los aspectos más aberrantes de la conducta de los personajes, y a una
profunda compasión por toda miseria humana.[1]
Al finalizar el congreso de LART en Santo
Domingo estábamos fascinados con Adela. Le regalé mi libro Historias de mujeres grandes y chiquitas y Mario le propuso
publicar sus dos libros de cuentos juntos, en un volumen de Editorial Campana.
Ella aceptó y en junio 25 de aquel mismo año, en respuesta a uno mío en el que
le hablaba de lo impresionado que habíamos quedado con su literatura y con su
personalidad, me escribió:
Querida Sonia:
La fascinación con
nuestro encuentro es recíproca. Desde que conocí a Marito en la puerta del
hotel, sentí mucha simpatía por él. Es muy angelado. Me ha encantado esa unión,
madre-hijo en la lucha editorial.
Tu libro lo disfruté.
Es muy valioso y entra con rapidez al corazón. Me encantaron tus personajes. En
todo hay mucha calidez.
Comparte este mensaje
con Marito. Prometo este fin de semana revisar los materiales originales de
“Duermevelas” y “Vago espinazo de la noche”
y a ver si los puedo enviar por mail y si él tiene en su computadora los programas para abrirlos. Si no, pues le
enviaré vía DHL los cd’s.
Reciban mi cariño.
Adela
Pidió que el libro fuera ilustrado con unas viñetas hechas por su hija Atenea, y así se hizo. Pidió también incluir un cuento inédito, “Truncadora y tornadiza”. Fue complacida, y el libro apareció en Nueva York en noviembre de 2009. En 2010 Mario la invitó a venir a Nueva York para presentar Cuentos de Adela Fernández en la librería Barnes & Noble de Lincoln Center. Contestó con uno de sus cariñosos correos. Vendría. Hicimos planes, pero su salud empeoró y no le permitió viajar. Tan mal estuvo que temimos no sobreviviría, pero sobrevivió. Hicimos planes para viajar nosotros y presentar el libro en Coyoacán, pero nunca se hizo realidad.
En aquellos días de la conferencia de Santo Domingo tuvimos largas conversaciones, producto de la confianza mutua que se dio tan sin esfuerzos. Con un hablar pausado y claro hablaba de su vida, de su obra, de los cánceres que había sobrevivido, de su lucha contra el alcoholismo y de su hija Atenea, que había muerto en noviembre de 2002. Meses después me escribió:
Estoy haciendo una semblanza de mi hija Atenea, un texto sin
cuidados literarios, más bien catártico y cumpliendo su capricho, cuya única
finalidad es darles a conocer a los hijos de su padre, y en sí a toda su
familia griega que no tuvo oportunidad de tratarla, algunos aspectos de su
vida. Es un librito familiar, bilingüe. Hasta donde voy ya está traducido al
griego. Pero mi querida Sonia, me estanqué ante algunas verdades íntimas y
dolorosas. No he logrado entrar a su última relación, pésima, y a su enfermedad
y muerte. En eso estoy detenida. Y me doy cuenta que uno puede decir de sí
misma todo, sin tontas reservas, pero al tratarse de otros, el pudor, el
respeto y la cautela, FRENAN.
En octubre de 2006 se publicó Atenea, un libro-homenaje, y sí encontró
Adela el valor para hablar de lo que tanto le dolía y contar con la honestidad
que caracterizaba su literatura, en un lenguaje preciso y franco, desde que su
hija fue concebida por ella y un griego, a quien pidió la preñara,[2] hasta
su enfermedad y muerte.
Estuve con Adela en varias ocasiones más y
siempre en algún punto de la conversación hablábamos de nuestras vidas. Al
hablar de la suya, no lo hacía como quien está informando a alguien de lo
sucedido sino a manera de una conversación que había comenzado en algún momento
en el pasado y ahora hacía aclaraciones pertinentes. Al brindarle un trago decía
pausadamente: “Gracias, fui alcohólica y no bebo” y continuaba la conversación.
Creo que la característica de su personalidad que más me atraía era la capacidad
para no inmutarse al hablar de temas que se consideran normalmente escabrosos.
Al hablar de su padre, el genial y archifamoso director de cine Emilio “El Indio”
Fernández, lo hacía con la elocuencia y admiración que este merecía, pero sin
pasar por alto, cuando venía al caso mencionarlo, el miedo que le tenía, lo
“apabullada”[3]
que se sintió por él de niña, cómo se
fue de su casa a los 18 años y no regresó. Contaba sin un atisbo de autocompasión
o lástima de sí misma, cómo tuvo a Emilio Quetzalcoatl, su hijo, al que ella
siempre se refirió en mi presencia como Quetzalcoatl, en el Bellevue Hospital
de Nueva York, como pobre de solemnidad. No recuerdo que me haya dicho el mes
ni el año en que nació el niño. Creo que dijo que hacía frío, pero no sé porque
las historias de Adela embrujaban y ahora no estoy segura de cuánto había de
memoria y cuánto de imaginación en ellas.
Yo quería saber más, por lo menos intentarlo,
ahondar en aquellos recuerdos que parecían tan claros cuando los contaba, pero
en los que se presentía una profundidad que impedía ver el fondo. Una vez,
mientras hablaba me pareció estar en la boca de un cenote en que solo entrando
puedes entenderlo y de veras admirarlo. Le pregunté si dejaría que yo la
entrevistara para escribir aunque fuera parte de su biografía. Le gustó la
idea, le gustó mucho, y me invitó a quedarme en su casa en Coyoacán, que heredó
de su padre, esa increíble Fortaleza del Indio Fernández, donde en cierta
ocasión asistí a una estupenda representación de Ofelia Medina sobre la vida de
Frida Kahlo.
Nuestra última reunión fue en La Habana, en
febrero de 2012, durante la Feria Internacional del libro. Adela había ido para
asistir a la presentación de Cuentos de
Adela, de Editorial Campana (New York) y de su libro testimonial, Híbrido, publicado por Editorial
Laberinto (México). Yo había ido para la presentación de mi novela Rosas de abolengo, de Editorial Oriente
(Santiago de Cuba). Además, Adela estaba
visitando a su tía materna, quien tiene más de noventa años, hermana de su
madre, Gladys Fernández Que su madre se llamaba Gladys Fernández y que era
cubana es innegable, pero las circunstancias en que no estuvo más con ella
después del divorcio con el “Indio” Fernández son confusas, debido a la omisión
que se hace en muchas de las biografías de Adela de la presencia de su madre,
como si hubiera sido concebida solo por
su padre, y debido a las contradicciones expresadas por escrito, por la propia
Adela, sobre ese período de su vida.[4]
Tantas veces tuve noticias de su gravedad y
de su recuperación que pensaba podría verla de nuevo y pedirle que me aclarara
la situación respecto a su madre. No estoy segura si habría aclarado o
complejizado aún más lo que le preguntaba, pero su respuesta siempre hubiera
sido fascinante. Quería preguntarle por qué en sus cuentos hay muchos más
protagonistas niños que niñas, me hubiera gustado saber, de su boca, qué
sucesos específicos de su vida real inspiraron ciertos cuentos, de qué forma
extrajo la información de sucesos reales que presenció o que le contaron o que
soño. En uno de nuestros encuentros me habló de qué le inspiró su cuento “El
montón”, esa terrible historia de violencia doméstica, pero solo de pasada lo
mencionó porque hablábamos de cien temas a la vez cuando nos veíamos. Me dijo
que “El montón” se basa en un episodio de su vida familiar, con unos parientes
con los que estuvo viviendo cuando huyó de la casa de su padre y ahora, decía
ella, tienen dinero y compran la ropa de cama más lujosa que puedas imaginarte,
y no relacionan esta necesidad con su vida pasada, la única que se da cuenta
soy yo.
Y ahora, el domingo 18 de agosto, el mismo
día en que cumplen años mi bisnieta Leila y mi amiga Chían López, muere Adela,
ese lujo de ser humano, una de las figuras literarias más relevantes de América
Latina, demasiado desconocida para demasiada gente. Leí que permaneció lúcida
en sus últimas horas y que su última voluntad fue:
"Sigan trabajando, sigan difundiendo a mi padre, difundan mi
obra". Hagámoslo.
Yo voy a terminar esta nota
devolviéndole la dedicatoria que me escribió en su libro Híbrido, al dármelo el 12
de febrero de 2012 en la Feria del Libro de La Habana:
“Mi querida Adela
Fernández, te abrazo con gratitud y elevo mi cariño a la altitud luminosa de
tus escritos”
Sonia Rivera-Valdés
Nueva York, 26 de agosto de
2013
[1] Sonia Rivera-Valdés, Cuentos de Adela Fernández: Vago espinazo de la noche y Duermevelas.
Introd
ucción (New York:
Editorial Campana, 2009) 10
[2] “El mundo griego siempre me ha estremecido”.
…Simplemente de niña presentí que sereia madre de Atenea, un ser mitad mexicano
y mitad griego, y para cumplir ese destino o para construer ese sueño, fui al
encuentro de su padre le pedí me preñara y alumbree a mi hija bajo el amparo de
mis ensoñaciones y de mi culto a lo helénico”. Adela Fernández, Atenea. (México: Editorial Aliento,
2006) 6-7.
[4]
En 1986 Adela escribió: “Para la proeza de conquistar a Dolores [del Río],
Gladys representaba un impedimento, así que las desavenencias fueron en aumento
hasta llegar a la separación. El Indio prohibió a sus hermanas y a Doña Eloísa
seguir tratando a Gladys, veto que fue desobedecido a medias con todas las
constricciones que les imponía el miedo. A mí me trajeron de un lugar a otro, e
incluso Sofía Bassi me comentó que ella le había prestado su coche al Indio
cuando se decidió a ‘robarme’. Gladys entró a trabajar como modelo en
Kamchatka, la mejor tienda de pieles finas de aquella época, oportunidad que el
dio el propietario, un hombre afeminado y de grandes cualidades humanas. El
Indio, que quería ganar la patria potestad sobre mí, mencionó en el acta de
divorcio que la profesión de modelo era degradante. Durante muchos años a mí se
me ocultó la identidad de mi madre. Me hicieron creer que había sido abandonada
a los cuatro meses de edad y que por eso “El Indio se las veeia negras
llevándome en una canasta a las filmaciones, dándome biberones y llevando mis
pañales”. Ahora sé que la separación ocurrió cuando yo tenía tres años, y que
aquella mujer a la que me llevaban a ver a escondidas era mi mamá”.
Adela Fernández, El Indio Fernández: Vida y mito. 3ra
edición. (México: Panorama Editorial, 1986) 188.
Sin embargo, en su libro Atenea (2006) afirma: Mis padres se
divorciaron y yo me quedé desde los cuatro meses de edad bajo el cuidado de mis
papá, el cineasta Emilio “Indio” Fernández. A pesar del hombre recio y violento
que fue, su ternura conmigo ha sido la mayor de las delicadezas que he
experimentado. Me adoraba, era la niña de sus ojos y me encerró en una burbuja
de cariño y celo. Me forjó, a su manera, lo idolatré y viví sometida a sus
deseos y órdenes. Me fui quedando excluida del exterior y su normalidad. Todo
pintaba, dado sus celos, que jamás me permitiría casarme. Me aterró la idea de
ser una señorita anciana y solterona. Así que un día, a los 15 años, hui de mi
casa. (10)