Thursday, August 18, 2011

Tú eres libre sólo si sabes que lo eres


To put it simply,
we must begin to tell the truth,
in groups, to one another.
Carolyn  G. Heilbrun

 La clave de la excelencia literaria es dar con “la palabra para decirlo”, dice Toni Morrison en las primeras páginas de su libro Playing in the Dark. Es cierto, sólo que después de encontrar “la palabra” es necesario encontrar dentro de nosotras la libertad “para decirlo”.
Este artículo no va dirigido a las escritoras que viven en  sociedades en las que aún hoy en día y por ley, las mujeres carecen de libertades básicas. En lugares en los que no se les permite mostrar ni el diez por ciento de su cuerpo en público, ni estudiar, menos aún ejercer una profesión, es absurdo pensar en que escriban con libertad. Nada de lo que voy a decir aquí es nuevo, ya en este momento ha sido estudiado y desmenuzado por las feministas desde la perspectiva de la  crítica literaria, de la sicología, de la filosofía. Sin embargo, creo que es necesario repetirlo desde distintos ángulos hasta que se nos grabe adentro, en ese lugar donde a lo largo de siglos nos inculcaron con tanta perseverancia y fuerza que las mujeres no somos libres, ni aun cuando las cadenas no se vean, que nos lo creímos. Y si  hemos internalizado que no somos libres para actuar, más fuerte aún es la sujeción interna que impide aún a un buen número de escritoras expresarse libremente.
Este trabajo está enfocado desde el punto de vista de la experiencia personal y la motivación para escribirlo proviene de varios factores. Primero, de las veces que una escritora amiga se me ha acercado para decirme: “Qué bueno que tú te atreves a escribir así”. En una ocasión una celebrada narradora, al preguntarle por qué decía eso: “Es lo que todas quisiéramos hacer,” respondió. Segundo, me han motivado declaraciones mucho más tristes que la citada anteriormente. “Yo sé que debería hacerlo, pero para mí esa posibilidad está cancelada, me la mataron”. Esta frases no la he escuchado una sola vez, sino muchas.
En tercer lugar me ha movido la reacción de la mayoría de las escritoras cubanas que aparecerán en una antología que estoy terminando. Comencé este proyecto con el propósito de hacer accesible a los lectores de este país textos de escritoras reconocidas, a veces traducidos a varios idiomas, y que tienen poca divulgación en Estados Unidos. Además, quería divulgar textos –sobre todo narrativa- de escritoras excelentes desconocidas en este país por diversas razones, no siendo la menor la situación política entre Cuba y Estados Unidos durante las últimas cuatro décadas. Pero lo más triste es que en muchos casos la obra de esas escritoras está inédita o casi inédita, por las mismas circunstancias que la literatura de tantas mujeres en el mundo carece del reconocimiento que merece. Quería darles voz a estas escritoras para que explicaran, sin intermediari@s, sus razones para escribir o dejar de escribir lo que habían escrito o no escrito, el motivo por el que un texto había sido excluido de publicación, en fin, para que hablaran de su proceso creativo, de sus afanes, de sus frustraciones, de sus logros. Que hablaran de ellas. Pensé titular el libro,   “Puedo contarlo yo misma.” Ha terminado titulándose, “Autobiografía y máscara.”
 Fue perturbador para mí, al comenzar a recopilar los testimonios que escribieron con rapidez sorprendente y generosidad esperada, darme cuenta de que no entendían mi interés en que hablaran de ellas mismas, porque “a quién va a interesarle mi vida.” En realidad, no se sentían capaces de contar episodios que fueron fundamentales en su existencia para hacerlas quienes son. Y la mordaza a la que se referían con mayor frecuencia como supresora de la libre expresión era la responsabilidad que sentían hacia su familia y sus lectores de mostrar la imagen que esperaban de ellas.
Además, me estimula a escribir este ensayo las estudiantes que me han escuchado leer o han leído alguno de mis cuentos y se han animado a escribir sobre experiencias dolorosas o sobre transgresiones necesarias cometidas por ellas de las que no habían hablado antes, y me han dicho: “Su cuento me dio permiso para hacerlo”.
La represión externa es fácil de explicar y de comprender. La interna es fácil de explicar también, conociendo la crianza que por miles de años nos ha construido como “sujetas”: “Cuando la identidad que está en juego implica sentimientos de minusvalía y, al mismo tiempo, una suerte de complicidad con la cultura dominante que ha generado esos sentimientos, no es fácil afirmar la propia voz” (Susana Reisz, 1996), pero ya en el año 2000, para quienes vivimos en sociedades en las que podemos atrevernos a intentar -con bastantes probabilidades de éxito si poseemos la conciencia necesaria- crearnos una existencia diseñada por nosotras y para nosotras, es doloroso que haya todavía mujeres autoconvencidas de que no pueden o peor aún -y esto es lo más triste-, de que no desean intentarlo.
¿Cómo las escritoras que se autoinhiben  de escribir lo que probablemente serían sus mejores páginas, no sienten una ira capaz de saltar sus propias barreras, al enfrentarse a textos escritos por hombres en los cuales dicen lo que se les antoja, cómo se les antoja? ¿Cómo es posible que las escritoras, y en particular las lesbianas no se sientan con el derecho a producir cuentos y novelas sobre lo que viven, sienten, las atormenta y las satisface?
La respuesta más común que he escuchado a estas preguntas es que para ellas no es necesario escribir sobre estos temas. Quien sienta la necesidad de hacerlo, que lo haga, pero ellas no la sienten. Hay muchas otras cosas de qué escribir, dicen. Es verdad, pero el amor ha sido tema literario de siempre ¿Por qué las escritoras heterosexuales sienten la urgencia de escribir sobre las pasiones que viven con  maridos y amantes, su ternura por los hijos que tienen y las escritoras lesbianas que esto afirman no sienten necesidad de rendir homenaje a sus vivencias más espléndidas y a las más devastadoras? 
Con frecuencia pienso cómo, viniendo de la familia disfuncional que vengo, con la niñez irregular, por decirlo de una manera eufemista, que tuve, he tenido la perseverancia de continuar en la búsqueda de lo que considero me hace feliz y por qué soy capaz de decir lo que otras consideran complicado o tabú para ser dicho. Por qué este afán de vivir desdoblada hasta donde la sensatez lo permita. No tengo una respuesta concluyente, pero las largas reflexiones y lo mucho que he recreado en mi escritura lo que ha sido mi mundo desde niña, me ha dado algunas respuestas que me satisfacen.
Una es más auténtica cuánto más se acerca a la imagen de la que soñó haber sido, dice más o menos Agrado, transexual a medias, en Todo sobre mi madre, la película de Almodóvar.  Y para construir su ser ideal ha pagado el precio que la sociedad le ha exigido, tanto monetario como psicológico. Cada una de las facciones de la cara, los senos, las nalgas, han sido rehechas a la medida de sus sueños. El nombre también se acomoda a esa imagen ideal: Agrado, explica, porque toda su vida ha querido agradar a los demás. Pero la voluntad, el valor y el esfuerzo que este personaje ha tenido en la vida para construir su “realidad”, no tendría impacto sobre los demás y le estaría cancelanda la posibilidad de operar como factor de cambio positivo y de servir de modelo si no asumiera verbalmente su conducta. La honestidad de su discurso es lo que  hace trascender su autenticidad.
 Dejé el cine pensando que yo también siempre he querido ser auténtica, acercarme tanto como puedo a la imagen de lo que he soñado ser, de lo que he querido ser. ¿Y qué he querido ser? 
La primera vez que soñé ser algo diferente a lo que era,  no había ido aún a la escuela. Al recordar mi imagen soñada al cumplir cuatro años en la calle Carlos Tercero, en La Habana, cuando me estrené una bata de tafetán amarillo hecha por Teresa, la modista de los altos del pequeño apartamento en que yo vivía, siento que estoy contemplando una película, tan lejos está de mi realidad actual aquella imagen. Pero era yo, al cumplir cuatro años. Y quería ser enfermera de guerra, lo quería con vehemencia. Andaba entonces la segunda guerra mundial y mi entretenimiento favorito era el cine, el único capaz de hacerme olvidar, por el tiempo que duraba la proyección, el mantel arrancado de la mesa por mi papá para castigar a mi mamá por los garbanzos desabridos y duros que le había servido, o los ratos en que ella se encerraba en el baño a llorar, que se me antojaban eternos. Y en el cine que yo veía estaba casi siempre Ann Sheridan, o cualquiera de las actrices de Hollywood de aquellos años,  atendiendo a alguno de los aliados heridos, que podían ser rusos o americanos porque entonces eran aliados: Paul Muni, John Wayne, Alan Lad. 
Eso era los domingos y pasaba el resto de la semana imaginando cómo sería yo cuando creciera y estallara la guerra. Tendría que ir al frente, tendría, y sería condecorada por mi heroísmo. Iba a ser difícil, pero mi deber lo exigía. Soñar con mi heroico sacrificio aliviaba el miedo sentido ante los estruendosos altercados de mis padres. Sumida en mi ensueño de participar activamente en una guerra grande, lograba evadir el fragor de la guerra chiquita que se libraba a diario en mi casa. De pronto, en medio de mis sueños me invadía el terror al pensar que nada me aseguraba que estallaría una guerra cuando yo tuviera edad suficiente para participar en ella. De no haber contienda, la oportunidad de demostrar mi heroísmo quedaría arruinada, se desvanecería mi oportunidad de alejarme de mi casa. Esta etapa de mi niñez forma parte de varios capítulos de “El libro de los aniversarios”, que espero terminar pronto.
De adolescente situaba mi imagen ideal al llegar a los cuarenta años. Para entonces iba a estar casada con un hombre rico que me adoraba, pero yo no tanto a él porque mi gran amor había sido imposible. Era como pasaba en las películas de Joan Crawford, Susan Hayward y sobre todo en las de Bette Davis. Antes de los veinte o alrededor de esa edad me enamoraría de un hombre casado, un tempestuoso romance sin futuro, pero ni intentaría  romper su matrimonio. Hacer  sufrir a otra mujer nunca, eso era algo inconcebible para mí,  además de que él ni calculaba esa posibilidad. Su matrimonio era sagrado. Los matrimonios eran sagrados. Los esposos y las esposas continuaban unidos así amaran a otra o a otro.  Esto fue así hasta Los amantes, de Louis Malle, en que Jeanne Moreau, al amanecer, deja al marido y a la hija por el amante de una noche. Pero cuando estrenaron Los amantes en La Habana yo ya estaba casada en la realidad.
Cuarenta años.  Descendía la escalera de la mansión en que vivía, arropada en una bata de satín color pastel. No precisé nunca si azul o rosa. Al pie de la escalera esperaba mi amor primero que había regresado sólo para verme, la pasión intacta y nos mirábamos alelados. El se iba de nuevo y yo continuaba con mi vida melancólica, ociosa y adinerada. Una variante era que tenía un amante después de casada. Un amante de por vida, una relación clandestina paralela a la de mi matrimonio, que no entorpecía en nada mi diario vivir. Al contrario, lo enriquecía con tardes de amor a escondidas. Estas imágenes que entretuvieron muchas tardes calurosas durante mi adolescencia en la playa de Santa Fe,  las recreé en el cuento “La más prohibida de todas”.
Mi imagen ideal en aquella época estaba centrada en aprender a “nadar y guardar la ropa”, como predicaban mi mamá, mis tías, las amigas, todas las mujeres “mayores” en sus conversaciones de por las tardes. Una mujer inteligente conseguía del hombre lo que quería por las buenas, hacía que el hombre que amaba y le convenía por razones económicas o en primer lugar le convenía por razones económicas y en segundo se esforzaba en amarlo, se casara con ella y la mantuviera. Y parte de esa “inteligencia femenina” aconsejaba también ignorar las aventuritas del marido, siempre y cuando las mantuviera lejos de la esfera del hogar primero –con frecuencia tenía más de uno- y respetara a la esposa. Total, aquello no se les gasta ni es papel que pierda su pegamento. Lo importante es que en la casa no falte nada.
Eso escuchaba decir a mi madre y a mi tía en discursos contradictorios en los que se mezclaban el “tú me quieres blanca, tú me quieres pura”, declamado por mi madre en voz alta y con amarga ironía mientras sacudía el polvo de los muebles y tendía camas, con la veneración por esos mismos seres, sin los cuales una mujer nunca estaba completa, porque hay que dejarse de boberías, siempre  necesita un hombre que la “represente”. A esto se añadía la frase recurrente de tía Zoila: “el mejor de los hombres debería estar colgado por los huevos del peor
Entre esta prédica y las películas formé una idea muy particular de cómo fabricarme una vida perfecta. Era difícil, el discurso contradictorio y una enorme disparidad entre lo propuesto por la palabra y la conducta, lo que considero fue tremenda suerte, pues contrario a las apariencias, contribuyó beneficiosamente a mi formación como ser humano capaz de tomar decisiones y de enfrentar el medio cuando no concuerda con lo que estimo puede hacerme feliz o es justo.
 Las contradicciones de mi familia me enseñaron que existen opciones. Nadie lo planeó así, pero la incoherencia que me rodeaba fue la tabla de salvación a la que me agarré para sacar mis propias conclusiones. Todas y todos eran así y cada cual muy fuerte, a su manera. En eso eran coherentes.
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Cuando yo nací, la madre de mi padre, Estefanía, la única abuela que conocí, tenía 68 años. Era una señora de pelo gris, largo, peinado hacia atrás con un moño sobre la nuca. Llevaba siempre zapatos cerrados de glacé, vestidos grises o lila, color para viejas en Cuba y padecía una artritis en los dedos de las manos que la obligaba a llamarme con frecuencia para que la ayudara a estirarlos cuando se le quedaban doblados contra la palma de la mano, mientras fregaba o tendía ropa en el patio. Sin embargo, esa abuela es uno de los pilares sobre los que se asentó mi feminismo y mi libertad interna. Cuando se reunía con sus hijas, mis tías, durante las largas temporadas que pasaba en casa, mientras tomaban café contaban historias familiares. Poseían todas un excelente sentido del humor, ése que te permite reírte de ti misma y de tus infortunios y había dos historias recurrentes sobre mi abuela.
Vivía en el campo, las únicas especias que se usaban en la comida eran las que se cultivaban en el terreno de la casa, pero cada vez que mi abuelo se sentaba a la mesa, al llevarse a la boca el primer bocado, la acusaba de haber puesto picante en la comida, con los malestares intestinales que le provocaba, ella bien lo sabía. Ella, sentada frente a él, calmada negaba la acusación, jamás usaba para cocinar los ajíes de la única mata de aquella clase que había sembrada en el patio. Con ellos preparaba un aderezo con vinagre, para uso de ella. Un mediodía, durante el almuerzo, al empezar él con el sonsonete, ella se levantó de la mesa callada, dirigiéndole una mirada torva y regresó minutos después, sosteniendo entre las manos la mata de ají picante. Se la colocó delante de los ojos y afirmó, sin alzar la voz: “Se acabó la jodienda del picante en la comida”. Y la puso en la basura.
La segunda historia mostraba, aún de manera más rotunda, la fuerza que había en aquella abuela artrítica a quien yo estiraba los dedos y acompañaba en el tranvía a visitar a la tía Fanita en su apartamento junto al puerto de la bahía de La Habana.
Con los nueve hijos que crió ya grandes, y no pudiendo soportar más las infidelidades y la  irresponsabilidad de mi abuelo, se arrodilló un domingo frente al altar de la virgen, contaban mis tías, en la iglesia del pueblo y pidió: “Llévatelo a él o llévame a mí, pero los dos juntos no cabemos más sobre esta tierra”. A mi abuelo no lo conocí. Ella lo sobrevivió treinta años. 
 A todo esto hay que añadir los lemas de mi padre: “La esposa perfecta es una geisha” y “la verdadera carrera de la mujer es el matrimonio”, a lo que mi mamá respondía, atormentada por la falta de dinero y la adicción al juego de póker de mi padre: “Nadie sabe su destino hasta el día que se muere.” indicando que no perdía las esperanzas de ser feliz algún día, sin él.
De aquella niñez insana en muchos sentidos, quedaron resplandeciente como valor absoluto los cuentos de mis tías sobre mi abuela y la franqueza al hablar, en sus momentos de ira. Tanto ellas como mi madre, al decir qué sentían y pensaban me dieron la oportunidad de conocer su mundo interno, su verdadero sentir, sus dolores, su rebeldía. Ya de adulta comprendí, que sin los cuentos de mis tías sobre mi abuela, la imagen que hubiera internalizado habría sido la de la señora delgada de zapatos de glacé y moño en la nuca y no la que tengo grabada adentro: una mujer maciza, capaz de arrancar una mata grande de raíz y ponérsela al marido insoportable delante de los ojos.
 Jamás respondió ninguna de aquellas mujeres con el silencio ni me mandaron a callar cuando les pregunté. Recuerdo una vez en que sentadas en el pequeño portal de la casa en que vivíamos en la playa de Santa Fe, tendría yo trece años, le comenté a mi madre lo aburrida que encontraba la vida matrimonial de las mujeres a nuestro alrededor. Si la vida de casada era así, no valía la pena, afirmé rotunda. Respondió afirmativamente con la cabeza, sin sermonearme por la afirmación iconoclasta: “Es verdad, es réqueteaburrida”. Siempre he agradecido su solidaridad con mi observación.
Los poemas de Alfonsina Storni y, sobre todo, aquel  ”nadie sabe su destino hasta el día que se muere,” han hecho que recuerde sin rencor y hasta con gracia, las horribles sopas de bacalao que me preparaba, un caldo amarillo en el que flotaban algunos pedazos del pescado salado, cuando yo le suplicaba que me hiciera bacalao a la vizcaína, con salsa de tomate espesa, mucho aceite de oliva y aceitunas.
Mi literatura y mi vida son dos caras de una misma moneda. Tan real una como la otra y tan imaginada una como la otra. Son dos formas de vida, de la misma manera que para los aborígenes australianos la vida de cuando están despiertos y la de los sueños son igualmente reales. Mi escritura está hecha de las experiencias que me conmueven, las que me impactan, las que me sorprenden. Más que  los hechos, es un olor que me recuerda algo, una palabra, una frase, la que me motiva, pero una vez concibo la historia, la escribo sin censurarme. A veces no es fácil, sobre todo no lo fue al principio.
Irónicamente, hacer es más fácil que escribir sobre lo hecho. Carolyn G. Heilbrun, en Reinventing Womanhood, dice en el capítulo titulado, “Women Writers and Female Characters: The Failure of Imagination”,: “Con muy pocas excepciones, las escritoras no imaginan caracteres de mujeres ni aún  con la autonomía que ellas mismas han alcanzado”.[1] Esta afirmación, escrita en 1979, tristemente está aún vigente para un buen número de escritoras.
 “Cinco ventanas del mismo lado”, el primer cuento de Las historias prohibidas de Marta Veneranda, nació de dos impresiones sin relación, cuando ocurrieron. Yo vivía en un apartamento chiquito que quería mucho, en la calle 12 aquí en Nueva York. Tenía cinco ventanas y yo estaba enamorada del apartamentico, cuyas ventanas daban al patio de atrás del edificio. Desde las de la sala se veía, se ve, porque el apartamento está aún ahí, la Escuela de Música de la calle 11. Por las ventanas del cuarto se veían las salas y cocinas de los apartamentos del edificio contiguo a la escuela. Me gusta observar a los vecinos. Una noche, yendo del cuarto de dormir a la sala, muy cercanos uno de la otra, escuché dentro de mí la frase: “Yo vivo en un apartamento que tiene cinco ventanas del mismo lado”, e inmediatamente pensé en una historia, no sabía cuál. Quería usar la frase, aunque en aquel momento no se me ocurrió una anécdota.  
 Después, tal vez uno o dos años después, una amiga vino a verme para comentarme, algo  preocupada, su romance recién comenzado con Leticia, quien vivía en Cuba y se encontraba en Nueva York por un mes, en viaje profesional. Casada y con un hijo, juraba no haber tenido antes una relación romántica con otra mujer. Pero aseguraba estar enamorada de mi amiga, quien lleva una vida lesbiana sin dobleces. Al preguntarme qué opinaba de su romance, sabiendo yo que le eran ajenas ciertas conductas normales en el código de convivencia social de Cuba, le respondí que se preguntara a sí misma cómo se sentiría al llegar a La Habana en su próxima visita y que la fueran a recibir al aeropuerto Leticia, el marido y el hijo y que se comportaran todos como si el episodio de Nueva York no hubiera sido. Mi amiga me respondió que ella no pensaba que sería posible para Leticia conducirse de esta manera, dada la intensidad de los sentimientos que había mostrado hacia ella en las dos semanas que llevaban juntas. Leticia incluso se había mudado, del hotel donde originalmente se hospedó, para  casa de mi amiga. La vida de Leticia, de acuerdo a mi amiga, necesariamente cambiaría de manera radical a su regreso a La Habana, después de haber confrontado ciertos aspectos de ella misma que desconocía antes de este viaje.
Yo me crié en Cuba, dejé la isla cuando tenía ya veintiocho años, viajo a ella con frecuencia suficiente para saber que, desafortunadamente, muchas de las costumbres con las que crecí permanecen aún y conozco los códigos sociales por los que se rige aquella sociedad en materia de relaciones románticas. Por lo tanto, hasta sorprendida quedé ante la ingenuidad de mi amiga.
Leticia regresó a Cuba y la conclusión de aquel episodio fue aún más fea de lo imaginado por mí. Poco después de su partida, mi amiga  recibió una carta en la que Leticia explicaba alarmada que alguien  había ido a su marido con el cuento de que ella había tenido, en Nueva York, una relación amorosa con una mujer. En los muchos años que llevo sirviendo de lazo y anfitriona para cubanos y cubanas que visitan Nueva York en viajes relacionados con la cultura, nunca, nunca conocí a nadie que llevara ni trajera cuentos de este tipo y, por supuesto, no han faltado en todo este tiempo affairs que contar, si alguien hubiera querido hacerlo. Sospecho que Leticia, dicho en cubano, “puso el parche antes que cayera la gotera”, y con su invención del chisme dejó saber a mi amiga, primero, que ella no había hablado con el marido del asunto entre ellas ni tenía intenciones de hacerlo, y segundo le advirtió que debía ser muy discreta cuando fuera a La Habana.
Mi amiga viajó a Cuba meses después de haber recibido la carta. Leticia no estaba en el aeropuerto. Una tía de mi amiga la recibió y la llevó para su casa, donde se hospedaría. Pero aquella  misma noche fue a visitarla Leticia, con el esposo y el hijo y la visita transcurrió animada por una conversación propia de personas  recién conocidas, conectadas sólo a través de su profesión. Varias veces, durante la estancia de mi amiga en La Habana, Leticia fue a buscarla, siempre con marido, a veces niño incluido, para llevarla a distintos sitios. Mi amiga no podía creer que jamás tuvieron, ni siquiera Leticia buscó la oportunidad de tenerla, una conversación sobre lo ocurrido en Nueva York. Una vez durante un paseo Leticia, al rozar la mano de mi amiga por casualidad, prolongó el contacto por unos segundos más de los requeridos y la miró a los ojos insinuante. Mi amiga regresó ofendida, sobre todo anonadada, no porque el romance hubiera quedado reducido a una aventura pasajera, sino por la falta de reconocimiento verbal de Leticia. No entendía.
Entonces escribí “Cinco ventanas del mismo lado”. Quería mostrar en una historia la diferencia de códigos entre una mujer que se percibe y actúa como un ser humano adulto y libre, y no sólo vive de la manera que más le satisface, sino que resuelve sus conflictos psicológicos y emocionales de la forma que estima más conveniente, una mujer que se siente con derecho a decir quién es, y a que esto sea respetado. Quería mostrar la brecha entre esta forma de vida y los códigos tradicionales de moral que imperan en gran parte de la sociedad latinoamericana hasta hoy. Y en esa historia encontré el lugar perfecto, para mí, dónde colocar aquella frase que tenía guardada.
Mi idea fue mostrar la diferencia de códigos que expliqué antes. Sin embargo, cuando leo el cuento en público, hay mujeres que comentan que el personaje que viene de visita, Laura, es una mujer madura porque calla su relación extramatrimonial y continúa con su vida de siempre y el personaje de la mujer que vive en Nueva York, Mayté, es inmaduro porque cuenta a su marido lo que ha pasado y porque el affair con la prima le cambia la vida. ¿Qué necesidad hay de eso?  Podía haberse comido el bizcocho y tenerlo a la vez, piensan.
Yo creo que sólo tratando de ser auténticas podemos ser felices, de acuerdo a mi concepto de la felicidad. Y la autenticidad tiene un vínculo directo con que la palabra que nos salga por la boca concuerde, en el mayor grado posible, con nuestra verdad, con que nuestro sujeto parlante se nutra, hasta el grado que su conciencia lo permita, de su verdad interna. Lo dice la biblia: “La verdad os hará libres”, lo dice Susan Forward en Toxic Parents, lo dice Alice Miller en todos sus libros. Se ha dicho, se ha dicho…
No obstante, qué difícil es encontrar entre las escritoras del Caribe hispano, sobre todo entre aquellas que en la vida real se enamoran y comparten su vida con otras mujeres, que escriban sobre temas acordes con su sensibilidad romántica. No me refiero a la anécdota, a contar una historia de manera testimonial, me refiero a que su literatura refleje la sensibilidad que las anima a tomar las decisiones de su vida.
 En Santo Domingo no se ha publicado hasta este momento un sólo texto de narrativa lesbiana y en Puerto Rico existen poquísimos. En Cuba se han publicado algunos. “Intromisión abrupta de esos dos personajes”, de Jacqueline Herranz Brooks, recibió un premio de la revista Revolución y Cultura en 1997. También novelas que tocan el tema. El pájaro: pincel y tinta china, de Ena Lucía Portela, fue premiada ese mismo año por la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba). Con excepción de Ana Luz García Calzada, quien nació en 1944 e incluye una relación entre dos mujeres, en su novela Minimal Son, la narrativa de tema lesbiano ha sido escrita en Cuba, hasta ahora, por mujeres de menos de cuarenta años.  Es doloroso que esta represión impida a tantas escritoras buenas ser excelentes. No es sólo el tema lesbiano el que se elude, es cualquiera que transgreda lo establecido como lícito para ser tratado por las mujeres –incluyendo una visión crítica de la familia-.
Al pensar en  escritoras buenas que no fueron excelentes debido a la represión, siempre recuerdo a Emilia Pardo Bazán.  Al leer su biografía, publicada mucho después de su fallecimiento, al conocer un poco su vida romántica extramatrimonial y tener acceso a la parte de su epistolario que ha sido permitido publicar, comprendí por qué, según un profesor de literatura que tuve y a quien sinceramente respetaba, las novelas de doña Emilia le gustaban, pero por alguna razón no lo “enganchaban” del todo. Cómo va a enganchar del todo a alguien un texto escrito con el freno puesto en la pluma, listo a detenerla cada vez que la velocidad de la imaginación amenaza “las buenas costumbres”.
. Oí decir a Angel Lozada, autor de la novela La patografía, ese relato desgarrador y humorístico sobre un niño gay y su entorno, en una lectura en Borrough of Manhattan Community College que compartimos, que él escribe con la esperanza de que influirá, aunque sea en un número mínimo de sus lectores, a combatir la homofobia. Cuántas mujeres tienen vidas, que sin exagerar y aún corriendo el riesgo de parecer melodramática, son heroicas, y sólo las conocen, si acaso, quienes han estado a su alrededor en el momento de ciertos hechos. A veces, muchas, ni las hijas son capaces de admirarlas y de tenerlas de modelo, por desconocer quién fue  su madre.
No siempre es posible escribir sobre lo que queremos, decir las cosas como las sentimos. Hay situaciones en que la represión externa no lo permite. A veces sería arriesgar la vida. Pero hay muchas ocasiones, muchísimas, en que la represión es interna Según Dorothy Allison, autora de Bastard Out of Carolina: “La mejor ficción viene del lugar donde el terror se esconde, el borde de nuestra peor parte. […]“Yo sé que hasta que empecé a empujar mis propios miedos, contando las historias que eran más duras para mí, escribiendo exactamente sobre las cosas a las que más miedo les tenía y de las que menos segura estaba, lo que yo escribía no valía un carajo”. Cuando nos sentamos a escribir, es importante recordar que la vida de la gente, sus triunfos, sus fracasos, no cambian nada sin la narrativa de los hechos, y además, preguntarnos si vale la pena sacrificar el esplendor de nuestra creatividad por unos temores que con más frecuencia de la que imaginamos funcionan como los espíritus que acosan a Julieta, en la película de Fellini: se desvanecen tan pronto los enfrentamos.

Sonia Rivera-Valdés



[1] La traducción es mía.