Monday, August 26, 2013

Adela Fernández ha muerto. Celebremos su vida, difundamos su obra


Nómada en permanente búsqueda, viajó por casi toda la República Mexicana participando de la vida campesina en la siembra de jitomate (tomate), sandía  y cortando caña en la zona azucarera. Trabajó con pescadores de mar, en las minas del Rosario y con artistas trashumantes. Vivió en los Valles del Mezquital, una de las zonas más áridas de México. 

Tomado de una nota biográfica escrita por Adela Fernández.




Desde el momento en que leí la noticia del fallecimiento de Adela, cuya  literatura calificó Gabriel García Márquez de “seriesísima, tristísima y oscura”, e incluyó “La jaula de Tía Enedina” entre los diez cuentos latinoamericanos que toda persona debería leer, sentí la urgencia de escribir lo que me he sentado a escribir ahora. Me ha costado trabajo empezarlo, como sucede cada vez que sé lo difícil que será siquiera aproximarme, en unas pocas cuartillas, a expresar lo mucho que siento, pero si no lo hago voy a sentirme por el resto de mis años en deuda con ella, a quien tanto admiraba y quería, a pesar del poco tiempo que nos concedió la vida para compartir.

La conocí en la primavera de 2005, en Santo Domingo, durante la conferencia de Latino Artists Round Table (LART) que se llevó a cabo en la universidad de esa ciudad. Cuando llegué ya mi hijo, Mario Picayo, llevaba varios días allí y aquella noche, durante la comida, me dijo que tenía que conocer a esta escritora mexicana que le había presentado Chiqui Vicioso, de quien era muy amiga. Dos días atrás Adela le había regalado Vago espinazo de la noche y Duermevelas, dos pequeños libros que contenían sus cuentos, y Mario no había podido interrumpir su lectura, me dijo, desde el momento en que los comenzó. Constantemente me repetía: qué bien escribe esta mujer, y entre bocado y bocado me contó la trama de “Vago espinazo de la noche”, el primer relato del volumen que lleva ese título: un grupo de huérfanos planea suicidarse en masa para escapar de los abusos del prefecto del orfanato en que viven. Y con el libro en la mano, Mario contaba y a veces leía. Los convence a suicidarse uno de los muchachos, “hijo de un curandero y sobrino de una espiritista, [quien] presumía de tener contacto con el más allá y conocimiento sobre los rectos caminos de la muerte”, les aseguró que después de morir subirían por el vago Espinazo de la Noche hasta el divino cerebro sideral del Bien donde disfrutarían de la felicidad perfecta. “Con palabras descriptivas nos dibujó la existencia del vago Espinazo de la Noche conformado de polvo de luz y de armoniosas constelaciones. Fue fácil imaginarnos esa inmensa y luminosa osamenta brillando en la negrura del firmamento nocturno. Nos prometió que ascenderíamos a Dios por ella; iniciaríamos ese viaje tanático por el coxis e iríamos trepando por las vértebras que nos revelarían misterios inimaginables. Al alcanzar las cervicales podríamos entrar al cerebro de Dios. Eso nos dijo.” Tal como lo habían planeado, los niños mueren y al parecer su plan celestial se consuma, con excepción del narrador de la historia, a quien debido a no tener su mundo interno en orden le está vedada la ascensión. Contrahecho y mudo, queda vivo, mentalmente “vagando en la zona inferior del esqueleto del universo” hasta que ordene su propio caos, y vértebra por vértebra suba, tenga acceso a la zona de polvo y luz y, como lo hicieron sus amigos, pueda llegar a Dios. Al finalizar Mario el resumen yo estaba ya ansiosa por leer los libros. Los leí de un tirón, después los he releído detenidamente, varias veces, y cada vez termino deslumbrada por esas tramas macabras, escritas haciendo uso de los recursos formales que utiliza con tal perfección, que me obliga a continuar leyendo y sintiendo, al terminar las treinta y siete historias, que la existencia oscura de esos personajes me ha hecho ver con más claridad la mía. Y es que Adela, escribiría yo más tarde, “haciendo un certero uso de la lengua, de una imaginación desbordada y un sagaz manejo de la ironía, ajena a moderaciones acomodaticias, hace que las bien construidas tramas de estos relatos se unan debido a  la crítica social y anticlerical que los permea, a una observación expuesta sin paliativos de los aspectos más aberrantes de la conducta de los personajes, y a una profunda compasión por toda miseria humana.[1]

Al finalizar el congreso de LART en Santo Domingo estábamos fascinados con Adela. Le regalé mi libro Historias de mujeres grandes y chiquitas y Mario le propuso publicar sus dos libros de cuentos juntos, en un volumen de Editorial Campana. Ella aceptó y en junio 25 de aquel mismo año, en respuesta a uno mío en el que le hablaba de lo impresionado que habíamos quedado con su literatura y con su personalidad, me escribió:


Querida Sonia:

La fascinación con nuestro encuentro es recíproca. Desde que conocí a Marito en la puerta del hotel, sentí mucha simpatía por él. Es muy angelado. Me ha encantado esa unión, madre-hijo en la lucha editorial.


Tu libro lo disfruté. Es muy valioso y entra con rapidez al corazón. Me encantaron tus personajes. En todo hay mucha calidez.


Comparte este mensaje con Marito. Prometo este fin de semana revisar los materiales originales de “Duermevelas” y “Vago espinazo de la noche”  y a ver si los puedo enviar por mail y si él tiene en su computadora  los programas para abrirlos. Si no, pues le enviaré vía DHL los cd’s.


Reciban mi cariño. Adela

           Pidió que el libro fuera ilustrado con unas viñetas hechas por su hija Atenea, y así se hizo. Pidió también incluir un cuento inédito, “Truncadora y tornadiza”. Fue complacida, y el libro apareció en Nueva York en noviembre de 2009. En 2010 Mario la invitó a venir a Nueva York para presentar Cuentos de Adela Fernández en la librería Barnes & Noble de Lincoln Center. Contestó con uno de sus cariñosos correos. Vendría. Hicimos planes, pero su salud empeoró y no le permitió viajar. Tan mal estuvo que temimos no sobreviviría, pero sobrevivió. Hicimos planes para viajar nosotros y presentar el libro en Coyoacán, pero nunca se hizo realidad.
          En aquellos días de la conferencia de Santo Domingo tuvimos largas conversaciones, producto de la confianza mutua que se dio tan sin esfuerzos. Con un hablar pausado y claro hablaba de su vida, de su obra, de los cánceres que había sobrevivido, de su lucha contra el alcoholismo y de su hija Atenea, que había muerto en noviembre de 2002. Meses después me escribió:

Estoy haciendo una semblanza de mi hija Atenea, un texto sin cuidados literarios, más bien catártico y cumpliendo su capricho, cuya única finalidad es darles a conocer a los hijos de su padre, y en sí a toda su familia griega que no tuvo oportunidad de tratarla, algunos aspectos de su vida. Es un librito familiar, bilingüe. Hasta donde voy ya está traducido al griego. Pero mi querida Sonia, me estanqué ante algunas verdades íntimas y dolorosas. No he logrado entrar a su última relación, pésima, y a su enfermedad y muerte. En eso estoy detenida. Y me doy cuenta que uno puede decir de sí misma todo, sin tontas reservas, pero al tratarse de otros, el pudor, el respeto y la cautela, FRENAN.

  En octubre de 2006 se publicó Atenea, un libro-homenaje, y sí encontró Adela el valor para hablar de lo que tanto le dolía y contar con la honestidad que caracterizaba su literatura, en un lenguaje preciso y franco, desde que su hija fue concebida por ella y un griego, a quien pidió la preñara,[2] hasta su enfermedad y muerte. 
          Estuve con Adela en varias ocasiones más y siempre en algún punto de la conversación hablábamos de nuestras vidas. Al hablar de la suya, no lo hacía como quien está informando a alguien de lo sucedido sino a manera de una conversación que había comenzado en algún momento en el pasado y ahora hacía aclaraciones pertinentes. Al brindarle un trago decía pausadamente: “Gracias, fui alcohólica y no bebo” y continuaba la conversación. Creo que la característica de su personalidad que más me atraía era la capacidad para no inmutarse al hablar de temas que se consideran normalmente escabrosos. Al hablar de su padre, el genial y archifamoso director de cine Emilio “El Indio” Fernández, lo hacía con la elocuencia y admiración que este merecía, pero sin pasar por alto, cuando venía al caso mencionarlo, el miedo que le tenía, lo “apabullada”[3] que se sintió  por él de niña, cómo se fue de su casa a los 18 años y no regresó. Contaba sin un atisbo de autocompasión o lástima de sí misma, cómo tuvo a Emilio Quetzalcoatl, su hijo, al que ella siempre se refirió en mi presencia como Quetzalcoatl, en el Bellevue Hospital de Nueva York, como pobre de solemnidad. No recuerdo que me haya dicho el mes ni el año en que nació el niño. Creo que dijo que hacía frío, pero no sé porque las historias de Adela embrujaban y ahora no estoy segura de cuánto había de memoria y cuánto de imaginación en ellas.
Yo quería saber más, por lo menos intentarlo, ahondar en aquellos recuerdos que parecían tan claros cuando los contaba, pero en los que se presentía una profundidad que impedía ver el fondo. Una vez, mientras hablaba me pareció estar en la boca de un cenote en que solo entrando puedes entenderlo y de veras admirarlo. Le pregunté si dejaría que yo la entrevistara para escribir aunque fuera parte de su biografía. Le gustó la idea, le gustó mucho, y me invitó a quedarme en su casa en Coyoacán, que heredó de su padre, esa increíble Fortaleza del Indio Fernández, donde en cierta ocasión asistí a una estupenda representación de Ofelia Medina sobre la vida de Frida Kahlo. 
Nuestra última reunión fue en La Habana, en febrero de 2012, durante la Feria Internacional del libro. Adela había ido para asistir a la presentación de Cuentos de Adela, de Editorial Campana (New York) y de su libro testimonial, Híbrido, publicado por Editorial Laberinto (México). Yo había ido para la presentación de mi novela Rosas de abolengo, de Editorial Oriente (Santiago de Cuba).  Además, Adela estaba visitando a su tía materna, quien tiene más de noventa años, hermana de su madre, Gladys Fernández Que su madre se llamaba Gladys Fernández y que era cubana es innegable, pero las circunstancias en que no estuvo más con ella después del divorcio con el “Indio” Fernández son confusas, debido a la omisión que se hace en muchas de las biografías de Adela de la presencia de su madre, como si hubiera sido concebida solo  por su padre, y debido a las contradicciones expresadas por escrito, por la propia Adela, sobre ese período de su vida.[4]
Tantas veces tuve noticias de su gravedad y de su recuperación que pensaba podría verla de nuevo y pedirle que me aclarara la situación respecto a su madre. No estoy segura si habría aclarado o complejizado aún más lo que le preguntaba, pero su respuesta siempre hubiera sido fascinante. Quería preguntarle por qué en sus cuentos hay muchos más protagonistas niños que niñas, me hubiera gustado saber, de su boca, qué sucesos específicos de su vida real inspiraron ciertos cuentos, de qué forma extrajo la información de sucesos reales que presenció o que le contaron o que soño. En uno de nuestros encuentros me habló de qué le inspiró su cuento “El montón”, esa terrible historia de violencia doméstica, pero solo de pasada lo mencionó porque hablábamos de cien temas a la vez cuando nos veíamos. Me dijo que “El montón” se basa en un episodio de su vida familiar, con unos parientes con los que estuvo viviendo cuando huyó de la casa de su padre y ahora, decía ella, tienen dinero y compran la ropa de cama más lujosa que puedas imaginarte, y no relacionan esta necesidad con su vida pasada, la única que se da cuenta soy yo.

Y ahora, el domingo 18 de agosto, el mismo día en que cumplen años mi bisnieta Leila y mi amiga Chían López, muere Adela, ese lujo de ser humano, una de las figuras literarias más relevantes de América Latina, demasiado desconocida para demasiada gente. Leí que permaneció lúcida en sus últimas horas y que su última voluntad fue:

"Sigan trabajando, sigan difundiendo a mi padre, difundan mi obra". Hagámoslo.


          Yo voy a terminar esta nota devolviéndole la dedicatoria que me escribió en su libro Híbrido, al dármelo el 12 de febrero de 2012 en la Feria del Libro de La Habana:

“Mi querida Adela Fernández, te abrazo con gratitud y elevo mi cariño a la altitud luminosa de tus escritos”


Sonia Rivera-Valdés

Nueva York, 26 de agosto de 2013







[1] Sonia Rivera-Valdés, Cuentos de Adela Fernández: Vago espinazo de la noche y Duermevelas. Introd

ucción (New York: Editorial Campana, 2009) 10


[2] “El mundo griego siempre me ha estremecido”. …Simplemente de niña presentí que sereia madre de Atenea, un ser mitad mexicano y mitad griego, y para cumplir ese destino o para construer ese sueño, fui al encuentro de su padre le pedí me preñara y alumbree a mi hija bajo el amparo de mis ensoñaciones y de mi culto a lo helénico”. Adela Fernández, Atenea. (México: Editorial Aliento, 2006) 6-7.

[3] Esta era la palabra que usaba para describir las exigencias de su padre.

[4] En 1986 Adela escribió: “Para la proeza de conquistar a Dolores [del Río], Gladys representaba un impedimento, así que las desavenencias fueron en aumento hasta llegar a la separación. El Indio prohibió a sus hermanas y a Doña Eloísa seguir tratando a Gladys, veto que fue desobedecido a medias con todas las constricciones que les imponía el miedo. A mí me trajeron de un lugar a otro, e incluso Sofía Bassi me comentó que ella le había prestado su coche al Indio cuando se decidió a ‘robarme’. Gladys entró a trabajar como modelo en Kamchatka, la mejor tienda de pieles finas de aquella época, oportunidad que el dio el propietario, un hombre afeminado y de grandes cualidades humanas. El Indio, que quería ganar la patria potestad sobre mí, mencionó en el acta de divorcio que la profesión de modelo era degradante. Durante muchos años a mí se me ocultó la identidad de mi madre. Me hicieron creer que había sido abandonada a los cuatro meses de edad y que por eso “El Indio se las veeia negras llevándome en una canasta a las filmaciones, dándome biberones y llevando mis pañales”. Ahora sé que la separación ocurrió cuando yo tenía tres años, y que aquella mujer a la que me llevaban a ver a escondidas era mi mamá”.
Adela Fernández, El Indio Fernández: Vida y mito. 3ra edición. (México: Panorama Editorial, 1986) 188.

Sin embargo, en su libro Atenea (2006) afirma: Mis padres se divorciaron y yo me quedé desde los cuatro meses de edad bajo el cuidado de mis papá, el cineasta Emilio “Indio” Fernández. A pesar del hombre recio y violento que fue, su ternura conmigo ha sido la mayor de las delicadezas que he experimentado. Me adoraba, era la niña de sus ojos y me encerró en una burbuja de cariño y celo. Me forjó, a su manera, lo idolatré y viví sometida a sus deseos y órdenes. Me fui quedando excluida del exterior y su normalidad. Todo pintaba, dado sus celos, que jamás me permitiría casarme. Me aterró la idea de ser una señorita anciana y solterona. Así que un día, a los 15 años, hui de mi casa. (10)





Thursday, August 18, 2011

Tú eres libre sólo si sabes que lo eres


To put it simply,
we must begin to tell the truth,
in groups, to one another.
Carolyn  G. Heilbrun

 La clave de la excelencia literaria es dar con “la palabra para decirlo”, dice Toni Morrison en las primeras páginas de su libro Playing in the Dark. Es cierto, sólo que después de encontrar “la palabra” es necesario encontrar dentro de nosotras la libertad “para decirlo”.
Este artículo no va dirigido a las escritoras que viven en  sociedades en las que aún hoy en día y por ley, las mujeres carecen de libertades básicas. En lugares en los que no se les permite mostrar ni el diez por ciento de su cuerpo en público, ni estudiar, menos aún ejercer una profesión, es absurdo pensar en que escriban con libertad. Nada de lo que voy a decir aquí es nuevo, ya en este momento ha sido estudiado y desmenuzado por las feministas desde la perspectiva de la  crítica literaria, de la sicología, de la filosofía. Sin embargo, creo que es necesario repetirlo desde distintos ángulos hasta que se nos grabe adentro, en ese lugar donde a lo largo de siglos nos inculcaron con tanta perseverancia y fuerza que las mujeres no somos libres, ni aun cuando las cadenas no se vean, que nos lo creímos. Y si  hemos internalizado que no somos libres para actuar, más fuerte aún es la sujeción interna que impide aún a un buen número de escritoras expresarse libremente.
Este trabajo está enfocado desde el punto de vista de la experiencia personal y la motivación para escribirlo proviene de varios factores. Primero, de las veces que una escritora amiga se me ha acercado para decirme: “Qué bueno que tú te atreves a escribir así”. En una ocasión una celebrada narradora, al preguntarle por qué decía eso: “Es lo que todas quisiéramos hacer,” respondió. Segundo, me han motivado declaraciones mucho más tristes que la citada anteriormente. “Yo sé que debería hacerlo, pero para mí esa posibilidad está cancelada, me la mataron”. Esta frases no la he escuchado una sola vez, sino muchas.
En tercer lugar me ha movido la reacción de la mayoría de las escritoras cubanas que aparecerán en una antología que estoy terminando. Comencé este proyecto con el propósito de hacer accesible a los lectores de este país textos de escritoras reconocidas, a veces traducidos a varios idiomas, y que tienen poca divulgación en Estados Unidos. Además, quería divulgar textos –sobre todo narrativa- de escritoras excelentes desconocidas en este país por diversas razones, no siendo la menor la situación política entre Cuba y Estados Unidos durante las últimas cuatro décadas. Pero lo más triste es que en muchos casos la obra de esas escritoras está inédita o casi inédita, por las mismas circunstancias que la literatura de tantas mujeres en el mundo carece del reconocimiento que merece. Quería darles voz a estas escritoras para que explicaran, sin intermediari@s, sus razones para escribir o dejar de escribir lo que habían escrito o no escrito, el motivo por el que un texto había sido excluido de publicación, en fin, para que hablaran de su proceso creativo, de sus afanes, de sus frustraciones, de sus logros. Que hablaran de ellas. Pensé titular el libro,   “Puedo contarlo yo misma.” Ha terminado titulándose, “Autobiografía y máscara.”
 Fue perturbador para mí, al comenzar a recopilar los testimonios que escribieron con rapidez sorprendente y generosidad esperada, darme cuenta de que no entendían mi interés en que hablaran de ellas mismas, porque “a quién va a interesarle mi vida.” En realidad, no se sentían capaces de contar episodios que fueron fundamentales en su existencia para hacerlas quienes son. Y la mordaza a la que se referían con mayor frecuencia como supresora de la libre expresión era la responsabilidad que sentían hacia su familia y sus lectores de mostrar la imagen que esperaban de ellas.
Además, me estimula a escribir este ensayo las estudiantes que me han escuchado leer o han leído alguno de mis cuentos y se han animado a escribir sobre experiencias dolorosas o sobre transgresiones necesarias cometidas por ellas de las que no habían hablado antes, y me han dicho: “Su cuento me dio permiso para hacerlo”.
La represión externa es fácil de explicar y de comprender. La interna es fácil de explicar también, conociendo la crianza que por miles de años nos ha construido como “sujetas”: “Cuando la identidad que está en juego implica sentimientos de minusvalía y, al mismo tiempo, una suerte de complicidad con la cultura dominante que ha generado esos sentimientos, no es fácil afirmar la propia voz” (Susana Reisz, 1996), pero ya en el año 2000, para quienes vivimos en sociedades en las que podemos atrevernos a intentar -con bastantes probabilidades de éxito si poseemos la conciencia necesaria- crearnos una existencia diseñada por nosotras y para nosotras, es doloroso que haya todavía mujeres autoconvencidas de que no pueden o peor aún -y esto es lo más triste-, de que no desean intentarlo.
¿Cómo las escritoras que se autoinhiben  de escribir lo que probablemente serían sus mejores páginas, no sienten una ira capaz de saltar sus propias barreras, al enfrentarse a textos escritos por hombres en los cuales dicen lo que se les antoja, cómo se les antoja? ¿Cómo es posible que las escritoras, y en particular las lesbianas no se sientan con el derecho a producir cuentos y novelas sobre lo que viven, sienten, las atormenta y las satisface?
La respuesta más común que he escuchado a estas preguntas es que para ellas no es necesario escribir sobre estos temas. Quien sienta la necesidad de hacerlo, que lo haga, pero ellas no la sienten. Hay muchas otras cosas de qué escribir, dicen. Es verdad, pero el amor ha sido tema literario de siempre ¿Por qué las escritoras heterosexuales sienten la urgencia de escribir sobre las pasiones que viven con  maridos y amantes, su ternura por los hijos que tienen y las escritoras lesbianas que esto afirman no sienten necesidad de rendir homenaje a sus vivencias más espléndidas y a las más devastadoras? 
Con frecuencia pienso cómo, viniendo de la familia disfuncional que vengo, con la niñez irregular, por decirlo de una manera eufemista, que tuve, he tenido la perseverancia de continuar en la búsqueda de lo que considero me hace feliz y por qué soy capaz de decir lo que otras consideran complicado o tabú para ser dicho. Por qué este afán de vivir desdoblada hasta donde la sensatez lo permita. No tengo una respuesta concluyente, pero las largas reflexiones y lo mucho que he recreado en mi escritura lo que ha sido mi mundo desde niña, me ha dado algunas respuestas que me satisfacen.
Una es más auténtica cuánto más se acerca a la imagen de la que soñó haber sido, dice más o menos Agrado, transexual a medias, en Todo sobre mi madre, la película de Almodóvar.  Y para construir su ser ideal ha pagado el precio que la sociedad le ha exigido, tanto monetario como psicológico. Cada una de las facciones de la cara, los senos, las nalgas, han sido rehechas a la medida de sus sueños. El nombre también se acomoda a esa imagen ideal: Agrado, explica, porque toda su vida ha querido agradar a los demás. Pero la voluntad, el valor y el esfuerzo que este personaje ha tenido en la vida para construir su “realidad”, no tendría impacto sobre los demás y le estaría cancelanda la posibilidad de operar como factor de cambio positivo y de servir de modelo si no asumiera verbalmente su conducta. La honestidad de su discurso es lo que  hace trascender su autenticidad.
 Dejé el cine pensando que yo también siempre he querido ser auténtica, acercarme tanto como puedo a la imagen de lo que he soñado ser, de lo que he querido ser. ¿Y qué he querido ser? 
La primera vez que soñé ser algo diferente a lo que era,  no había ido aún a la escuela. Al recordar mi imagen soñada al cumplir cuatro años en la calle Carlos Tercero, en La Habana, cuando me estrené una bata de tafetán amarillo hecha por Teresa, la modista de los altos del pequeño apartamento en que yo vivía, siento que estoy contemplando una película, tan lejos está de mi realidad actual aquella imagen. Pero era yo, al cumplir cuatro años. Y quería ser enfermera de guerra, lo quería con vehemencia. Andaba entonces la segunda guerra mundial y mi entretenimiento favorito era el cine, el único capaz de hacerme olvidar, por el tiempo que duraba la proyección, el mantel arrancado de la mesa por mi papá para castigar a mi mamá por los garbanzos desabridos y duros que le había servido, o los ratos en que ella se encerraba en el baño a llorar, que se me antojaban eternos. Y en el cine que yo veía estaba casi siempre Ann Sheridan, o cualquiera de las actrices de Hollywood de aquellos años,  atendiendo a alguno de los aliados heridos, que podían ser rusos o americanos porque entonces eran aliados: Paul Muni, John Wayne, Alan Lad. 
Eso era los domingos y pasaba el resto de la semana imaginando cómo sería yo cuando creciera y estallara la guerra. Tendría que ir al frente, tendría, y sería condecorada por mi heroísmo. Iba a ser difícil, pero mi deber lo exigía. Soñar con mi heroico sacrificio aliviaba el miedo sentido ante los estruendosos altercados de mis padres. Sumida en mi ensueño de participar activamente en una guerra grande, lograba evadir el fragor de la guerra chiquita que se libraba a diario en mi casa. De pronto, en medio de mis sueños me invadía el terror al pensar que nada me aseguraba que estallaría una guerra cuando yo tuviera edad suficiente para participar en ella. De no haber contienda, la oportunidad de demostrar mi heroísmo quedaría arruinada, se desvanecería mi oportunidad de alejarme de mi casa. Esta etapa de mi niñez forma parte de varios capítulos de “El libro de los aniversarios”, que espero terminar pronto.
De adolescente situaba mi imagen ideal al llegar a los cuarenta años. Para entonces iba a estar casada con un hombre rico que me adoraba, pero yo no tanto a él porque mi gran amor había sido imposible. Era como pasaba en las películas de Joan Crawford, Susan Hayward y sobre todo en las de Bette Davis. Antes de los veinte o alrededor de esa edad me enamoraría de un hombre casado, un tempestuoso romance sin futuro, pero ni intentaría  romper su matrimonio. Hacer  sufrir a otra mujer nunca, eso era algo inconcebible para mí,  además de que él ni calculaba esa posibilidad. Su matrimonio era sagrado. Los matrimonios eran sagrados. Los esposos y las esposas continuaban unidos así amaran a otra o a otro.  Esto fue así hasta Los amantes, de Louis Malle, en que Jeanne Moreau, al amanecer, deja al marido y a la hija por el amante de una noche. Pero cuando estrenaron Los amantes en La Habana yo ya estaba casada en la realidad.
Cuarenta años.  Descendía la escalera de la mansión en que vivía, arropada en una bata de satín color pastel. No precisé nunca si azul o rosa. Al pie de la escalera esperaba mi amor primero que había regresado sólo para verme, la pasión intacta y nos mirábamos alelados. El se iba de nuevo y yo continuaba con mi vida melancólica, ociosa y adinerada. Una variante era que tenía un amante después de casada. Un amante de por vida, una relación clandestina paralela a la de mi matrimonio, que no entorpecía en nada mi diario vivir. Al contrario, lo enriquecía con tardes de amor a escondidas. Estas imágenes que entretuvieron muchas tardes calurosas durante mi adolescencia en la playa de Santa Fe,  las recreé en el cuento “La más prohibida de todas”.
Mi imagen ideal en aquella época estaba centrada en aprender a “nadar y guardar la ropa”, como predicaban mi mamá, mis tías, las amigas, todas las mujeres “mayores” en sus conversaciones de por las tardes. Una mujer inteligente conseguía del hombre lo que quería por las buenas, hacía que el hombre que amaba y le convenía por razones económicas o en primer lugar le convenía por razones económicas y en segundo se esforzaba en amarlo, se casara con ella y la mantuviera. Y parte de esa “inteligencia femenina” aconsejaba también ignorar las aventuritas del marido, siempre y cuando las mantuviera lejos de la esfera del hogar primero –con frecuencia tenía más de uno- y respetara a la esposa. Total, aquello no se les gasta ni es papel que pierda su pegamento. Lo importante es que en la casa no falte nada.
Eso escuchaba decir a mi madre y a mi tía en discursos contradictorios en los que se mezclaban el “tú me quieres blanca, tú me quieres pura”, declamado por mi madre en voz alta y con amarga ironía mientras sacudía el polvo de los muebles y tendía camas, con la veneración por esos mismos seres, sin los cuales una mujer nunca estaba completa, porque hay que dejarse de boberías, siempre  necesita un hombre que la “represente”. A esto se añadía la frase recurrente de tía Zoila: “el mejor de los hombres debería estar colgado por los huevos del peor
Entre esta prédica y las películas formé una idea muy particular de cómo fabricarme una vida perfecta. Era difícil, el discurso contradictorio y una enorme disparidad entre lo propuesto por la palabra y la conducta, lo que considero fue tremenda suerte, pues contrario a las apariencias, contribuyó beneficiosamente a mi formación como ser humano capaz de tomar decisiones y de enfrentar el medio cuando no concuerda con lo que estimo puede hacerme feliz o es justo.
 Las contradicciones de mi familia me enseñaron que existen opciones. Nadie lo planeó así, pero la incoherencia que me rodeaba fue la tabla de salvación a la que me agarré para sacar mis propias conclusiones. Todas y todos eran así y cada cual muy fuerte, a su manera. En eso eran coherentes.
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Cuando yo nací, la madre de mi padre, Estefanía, la única abuela que conocí, tenía 68 años. Era una señora de pelo gris, largo, peinado hacia atrás con un moño sobre la nuca. Llevaba siempre zapatos cerrados de glacé, vestidos grises o lila, color para viejas en Cuba y padecía una artritis en los dedos de las manos que la obligaba a llamarme con frecuencia para que la ayudara a estirarlos cuando se le quedaban doblados contra la palma de la mano, mientras fregaba o tendía ropa en el patio. Sin embargo, esa abuela es uno de los pilares sobre los que se asentó mi feminismo y mi libertad interna. Cuando se reunía con sus hijas, mis tías, durante las largas temporadas que pasaba en casa, mientras tomaban café contaban historias familiares. Poseían todas un excelente sentido del humor, ése que te permite reírte de ti misma y de tus infortunios y había dos historias recurrentes sobre mi abuela.
Vivía en el campo, las únicas especias que se usaban en la comida eran las que se cultivaban en el terreno de la casa, pero cada vez que mi abuelo se sentaba a la mesa, al llevarse a la boca el primer bocado, la acusaba de haber puesto picante en la comida, con los malestares intestinales que le provocaba, ella bien lo sabía. Ella, sentada frente a él, calmada negaba la acusación, jamás usaba para cocinar los ajíes de la única mata de aquella clase que había sembrada en el patio. Con ellos preparaba un aderezo con vinagre, para uso de ella. Un mediodía, durante el almuerzo, al empezar él con el sonsonete, ella se levantó de la mesa callada, dirigiéndole una mirada torva y regresó minutos después, sosteniendo entre las manos la mata de ají picante. Se la colocó delante de los ojos y afirmó, sin alzar la voz: “Se acabó la jodienda del picante en la comida”. Y la puso en la basura.
La segunda historia mostraba, aún de manera más rotunda, la fuerza que había en aquella abuela artrítica a quien yo estiraba los dedos y acompañaba en el tranvía a visitar a la tía Fanita en su apartamento junto al puerto de la bahía de La Habana.
Con los nueve hijos que crió ya grandes, y no pudiendo soportar más las infidelidades y la  irresponsabilidad de mi abuelo, se arrodilló un domingo frente al altar de la virgen, contaban mis tías, en la iglesia del pueblo y pidió: “Llévatelo a él o llévame a mí, pero los dos juntos no cabemos más sobre esta tierra”. A mi abuelo no lo conocí. Ella lo sobrevivió treinta años. 
 A todo esto hay que añadir los lemas de mi padre: “La esposa perfecta es una geisha” y “la verdadera carrera de la mujer es el matrimonio”, a lo que mi mamá respondía, atormentada por la falta de dinero y la adicción al juego de póker de mi padre: “Nadie sabe su destino hasta el día que se muere.” indicando que no perdía las esperanzas de ser feliz algún día, sin él.
De aquella niñez insana en muchos sentidos, quedaron resplandeciente como valor absoluto los cuentos de mis tías sobre mi abuela y la franqueza al hablar, en sus momentos de ira. Tanto ellas como mi madre, al decir qué sentían y pensaban me dieron la oportunidad de conocer su mundo interno, su verdadero sentir, sus dolores, su rebeldía. Ya de adulta comprendí, que sin los cuentos de mis tías sobre mi abuela, la imagen que hubiera internalizado habría sido la de la señora delgada de zapatos de glacé y moño en la nuca y no la que tengo grabada adentro: una mujer maciza, capaz de arrancar una mata grande de raíz y ponérsela al marido insoportable delante de los ojos.
 Jamás respondió ninguna de aquellas mujeres con el silencio ni me mandaron a callar cuando les pregunté. Recuerdo una vez en que sentadas en el pequeño portal de la casa en que vivíamos en la playa de Santa Fe, tendría yo trece años, le comenté a mi madre lo aburrida que encontraba la vida matrimonial de las mujeres a nuestro alrededor. Si la vida de casada era así, no valía la pena, afirmé rotunda. Respondió afirmativamente con la cabeza, sin sermonearme por la afirmación iconoclasta: “Es verdad, es réqueteaburrida”. Siempre he agradecido su solidaridad con mi observación.
Los poemas de Alfonsina Storni y, sobre todo, aquel  ”nadie sabe su destino hasta el día que se muere,” han hecho que recuerde sin rencor y hasta con gracia, las horribles sopas de bacalao que me preparaba, un caldo amarillo en el que flotaban algunos pedazos del pescado salado, cuando yo le suplicaba que me hiciera bacalao a la vizcaína, con salsa de tomate espesa, mucho aceite de oliva y aceitunas.
Mi literatura y mi vida son dos caras de una misma moneda. Tan real una como la otra y tan imaginada una como la otra. Son dos formas de vida, de la misma manera que para los aborígenes australianos la vida de cuando están despiertos y la de los sueños son igualmente reales. Mi escritura está hecha de las experiencias que me conmueven, las que me impactan, las que me sorprenden. Más que  los hechos, es un olor que me recuerda algo, una palabra, una frase, la que me motiva, pero una vez concibo la historia, la escribo sin censurarme. A veces no es fácil, sobre todo no lo fue al principio.
Irónicamente, hacer es más fácil que escribir sobre lo hecho. Carolyn G. Heilbrun, en Reinventing Womanhood, dice en el capítulo titulado, “Women Writers and Female Characters: The Failure of Imagination”,: “Con muy pocas excepciones, las escritoras no imaginan caracteres de mujeres ni aún  con la autonomía que ellas mismas han alcanzado”.[1] Esta afirmación, escrita en 1979, tristemente está aún vigente para un buen número de escritoras.
 “Cinco ventanas del mismo lado”, el primer cuento de Las historias prohibidas de Marta Veneranda, nació de dos impresiones sin relación, cuando ocurrieron. Yo vivía en un apartamento chiquito que quería mucho, en la calle 12 aquí en Nueva York. Tenía cinco ventanas y yo estaba enamorada del apartamentico, cuyas ventanas daban al patio de atrás del edificio. Desde las de la sala se veía, se ve, porque el apartamento está aún ahí, la Escuela de Música de la calle 11. Por las ventanas del cuarto se veían las salas y cocinas de los apartamentos del edificio contiguo a la escuela. Me gusta observar a los vecinos. Una noche, yendo del cuarto de dormir a la sala, muy cercanos uno de la otra, escuché dentro de mí la frase: “Yo vivo en un apartamento que tiene cinco ventanas del mismo lado”, e inmediatamente pensé en una historia, no sabía cuál. Quería usar la frase, aunque en aquel momento no se me ocurrió una anécdota.  
 Después, tal vez uno o dos años después, una amiga vino a verme para comentarme, algo  preocupada, su romance recién comenzado con Leticia, quien vivía en Cuba y se encontraba en Nueva York por un mes, en viaje profesional. Casada y con un hijo, juraba no haber tenido antes una relación romántica con otra mujer. Pero aseguraba estar enamorada de mi amiga, quien lleva una vida lesbiana sin dobleces. Al preguntarme qué opinaba de su romance, sabiendo yo que le eran ajenas ciertas conductas normales en el código de convivencia social de Cuba, le respondí que se preguntara a sí misma cómo se sentiría al llegar a La Habana en su próxima visita y que la fueran a recibir al aeropuerto Leticia, el marido y el hijo y que se comportaran todos como si el episodio de Nueva York no hubiera sido. Mi amiga me respondió que ella no pensaba que sería posible para Leticia conducirse de esta manera, dada la intensidad de los sentimientos que había mostrado hacia ella en las dos semanas que llevaban juntas. Leticia incluso se había mudado, del hotel donde originalmente se hospedó, para  casa de mi amiga. La vida de Leticia, de acuerdo a mi amiga, necesariamente cambiaría de manera radical a su regreso a La Habana, después de haber confrontado ciertos aspectos de ella misma que desconocía antes de este viaje.
Yo me crié en Cuba, dejé la isla cuando tenía ya veintiocho años, viajo a ella con frecuencia suficiente para saber que, desafortunadamente, muchas de las costumbres con las que crecí permanecen aún y conozco los códigos sociales por los que se rige aquella sociedad en materia de relaciones románticas. Por lo tanto, hasta sorprendida quedé ante la ingenuidad de mi amiga.
Leticia regresó a Cuba y la conclusión de aquel episodio fue aún más fea de lo imaginado por mí. Poco después de su partida, mi amiga  recibió una carta en la que Leticia explicaba alarmada que alguien  había ido a su marido con el cuento de que ella había tenido, en Nueva York, una relación amorosa con una mujer. En los muchos años que llevo sirviendo de lazo y anfitriona para cubanos y cubanas que visitan Nueva York en viajes relacionados con la cultura, nunca, nunca conocí a nadie que llevara ni trajera cuentos de este tipo y, por supuesto, no han faltado en todo este tiempo affairs que contar, si alguien hubiera querido hacerlo. Sospecho que Leticia, dicho en cubano, “puso el parche antes que cayera la gotera”, y con su invención del chisme dejó saber a mi amiga, primero, que ella no había hablado con el marido del asunto entre ellas ni tenía intenciones de hacerlo, y segundo le advirtió que debía ser muy discreta cuando fuera a La Habana.
Mi amiga viajó a Cuba meses después de haber recibido la carta. Leticia no estaba en el aeropuerto. Una tía de mi amiga la recibió y la llevó para su casa, donde se hospedaría. Pero aquella  misma noche fue a visitarla Leticia, con el esposo y el hijo y la visita transcurrió animada por una conversación propia de personas  recién conocidas, conectadas sólo a través de su profesión. Varias veces, durante la estancia de mi amiga en La Habana, Leticia fue a buscarla, siempre con marido, a veces niño incluido, para llevarla a distintos sitios. Mi amiga no podía creer que jamás tuvieron, ni siquiera Leticia buscó la oportunidad de tenerla, una conversación sobre lo ocurrido en Nueva York. Una vez durante un paseo Leticia, al rozar la mano de mi amiga por casualidad, prolongó el contacto por unos segundos más de los requeridos y la miró a los ojos insinuante. Mi amiga regresó ofendida, sobre todo anonadada, no porque el romance hubiera quedado reducido a una aventura pasajera, sino por la falta de reconocimiento verbal de Leticia. No entendía.
Entonces escribí “Cinco ventanas del mismo lado”. Quería mostrar en una historia la diferencia de códigos entre una mujer que se percibe y actúa como un ser humano adulto y libre, y no sólo vive de la manera que más le satisface, sino que resuelve sus conflictos psicológicos y emocionales de la forma que estima más conveniente, una mujer que se siente con derecho a decir quién es, y a que esto sea respetado. Quería mostrar la brecha entre esta forma de vida y los códigos tradicionales de moral que imperan en gran parte de la sociedad latinoamericana hasta hoy. Y en esa historia encontré el lugar perfecto, para mí, dónde colocar aquella frase que tenía guardada.
Mi idea fue mostrar la diferencia de códigos que expliqué antes. Sin embargo, cuando leo el cuento en público, hay mujeres que comentan que el personaje que viene de visita, Laura, es una mujer madura porque calla su relación extramatrimonial y continúa con su vida de siempre y el personaje de la mujer que vive en Nueva York, Mayté, es inmaduro porque cuenta a su marido lo que ha pasado y porque el affair con la prima le cambia la vida. ¿Qué necesidad hay de eso?  Podía haberse comido el bizcocho y tenerlo a la vez, piensan.
Yo creo que sólo tratando de ser auténticas podemos ser felices, de acuerdo a mi concepto de la felicidad. Y la autenticidad tiene un vínculo directo con que la palabra que nos salga por la boca concuerde, en el mayor grado posible, con nuestra verdad, con que nuestro sujeto parlante se nutra, hasta el grado que su conciencia lo permita, de su verdad interna. Lo dice la biblia: “La verdad os hará libres”, lo dice Susan Forward en Toxic Parents, lo dice Alice Miller en todos sus libros. Se ha dicho, se ha dicho…
No obstante, qué difícil es encontrar entre las escritoras del Caribe hispano, sobre todo entre aquellas que en la vida real se enamoran y comparten su vida con otras mujeres, que escriban sobre temas acordes con su sensibilidad romántica. No me refiero a la anécdota, a contar una historia de manera testimonial, me refiero a que su literatura refleje la sensibilidad que las anima a tomar las decisiones de su vida.
 En Santo Domingo no se ha publicado hasta este momento un sólo texto de narrativa lesbiana y en Puerto Rico existen poquísimos. En Cuba se han publicado algunos. “Intromisión abrupta de esos dos personajes”, de Jacqueline Herranz Brooks, recibió un premio de la revista Revolución y Cultura en 1997. También novelas que tocan el tema. El pájaro: pincel y tinta china, de Ena Lucía Portela, fue premiada ese mismo año por la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba). Con excepción de Ana Luz García Calzada, quien nació en 1944 e incluye una relación entre dos mujeres, en su novela Minimal Son, la narrativa de tema lesbiano ha sido escrita en Cuba, hasta ahora, por mujeres de menos de cuarenta años.  Es doloroso que esta represión impida a tantas escritoras buenas ser excelentes. No es sólo el tema lesbiano el que se elude, es cualquiera que transgreda lo establecido como lícito para ser tratado por las mujeres –incluyendo una visión crítica de la familia-.
Al pensar en  escritoras buenas que no fueron excelentes debido a la represión, siempre recuerdo a Emilia Pardo Bazán.  Al leer su biografía, publicada mucho después de su fallecimiento, al conocer un poco su vida romántica extramatrimonial y tener acceso a la parte de su epistolario que ha sido permitido publicar, comprendí por qué, según un profesor de literatura que tuve y a quien sinceramente respetaba, las novelas de doña Emilia le gustaban, pero por alguna razón no lo “enganchaban” del todo. Cómo va a enganchar del todo a alguien un texto escrito con el freno puesto en la pluma, listo a detenerla cada vez que la velocidad de la imaginación amenaza “las buenas costumbres”.
. Oí decir a Angel Lozada, autor de la novela La patografía, ese relato desgarrador y humorístico sobre un niño gay y su entorno, en una lectura en Borrough of Manhattan Community College que compartimos, que él escribe con la esperanza de que influirá, aunque sea en un número mínimo de sus lectores, a combatir la homofobia. Cuántas mujeres tienen vidas, que sin exagerar y aún corriendo el riesgo de parecer melodramática, son heroicas, y sólo las conocen, si acaso, quienes han estado a su alrededor en el momento de ciertos hechos. A veces, muchas, ni las hijas son capaces de admirarlas y de tenerlas de modelo, por desconocer quién fue  su madre.
No siempre es posible escribir sobre lo que queremos, decir las cosas como las sentimos. Hay situaciones en que la represión externa no lo permite. A veces sería arriesgar la vida. Pero hay muchas ocasiones, muchísimas, en que la represión es interna Según Dorothy Allison, autora de Bastard Out of Carolina: “La mejor ficción viene del lugar donde el terror se esconde, el borde de nuestra peor parte. […]“Yo sé que hasta que empecé a empujar mis propios miedos, contando las historias que eran más duras para mí, escribiendo exactamente sobre las cosas a las que más miedo les tenía y de las que menos segura estaba, lo que yo escribía no valía un carajo”. Cuando nos sentamos a escribir, es importante recordar que la vida de la gente, sus triunfos, sus fracasos, no cambian nada sin la narrativa de los hechos, y además, preguntarnos si vale la pena sacrificar el esplendor de nuestra creatividad por unos temores que con más frecuencia de la que imaginamos funcionan como los espíritus que acosan a Julieta, en la película de Fellini: se desvanecen tan pronto los enfrentamos.

Sonia Rivera-Valdés



[1] La traducción es mía.

Friday, September 3, 2010

El Perú no es solo Machu Picchu

El Perú no es sólo Machu Picchu


No conozco una persona que conozca la existencia de Machu Picchu, y posea los medios económicos para hacerlo, que no sueñe con visitarlo. Símbolo fundamental del Imperio Inca, Machu Picchu fue declarado por la UNESCO en 1973 Herencia de la Humanidad y en julio del 2007 ha sido nombrado, en una ceremonia celebrada en Lisboa, Portugal, como una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo. Aún sin conocer estos honores, ver una foto de las ruinas en cualquier revista o en el Internet es suficiente incentivo para querer contemplarlas en vivo.


Este verano del 2007, justo el día en que declararon a Machu Picchu Maravilla del Mundo, me encontraba en Perú. Por supuesto, el objetivo principal de mi viaje era visitar las ruinas, adonde llegué después de pagar los $113.00 que costó el viaje de tres horas en un tren con tragaluces en el techo para admirar mejor la grandeza de los Andes, que va de Cusco a Aguas Calientes, el pueblo más cercano a Machu Picchu, de tomar en Aguas Calientes un autobus que por $12.00 me llevó hasta la entrada y de pagar los $40.00 que costó el acceso a las ruinas. Fue un viaje en el que el pensamiento de lo difícil que tiene que ser para la mayoría de los peruanos visitar su Maravilla, debido al alto costo del transporte y de la entrada, empañó el paisaje idílico. Finalmente, después de ascender hasta el punto desde donde puede verse la construcción completa, la magnitud y esplendor de la ciudad, aun estando en ruinas, me dejaron con la boca abierta, literalmente. Sin embargo, al regresar a Nueva York tenía grabadas en la memoria, tal vez con más fuerza que la de Machu Picchu, otras imágenes del Perú. Y es que con este viaje me sucedió lo mismo que con otros que he hecho a lugares a los que generalmente se refiere la gente como imprescindibles de ver antes de morir. Llego al un sitio toda ilusionada para ver algo determinado y cuando la visita se convierte en memoria los recuerdos que aparecen con regularidad, en primer plano, son escenas y situaciones que han relegado al trasfondo de mi visión interior las que esperaba conservar nítidas. Cuando fui a Nuevo México llevaba como motivo principal ver las flores que Georgia O’Keefe pintaba. Las vi, preciosas, pero el recuerdo más fuerte que traje del viaje fue la presencia de los nativos americanos en los hoteles de lujo, reducida a la limpieza y la cocina. Antes de dormirme leía el verso que había puesto la camarera sobre la mesa de noche, tomado de la cultura tewa, impreso en un fino papel, observaba los diseños tradicionales indígenas de las cenefas que adornaban los techos de la habitación y a la mañana siguiente veía a los herederos de quienes pensaron lo que las tarjetas decían, y crearon los diseños de las cenefas, desempolvando las mesas de noche y las cenefas del techo.

De París, El monumento a la Comuna, en el cementerio Père Lachaise, viene a mi imaginación con mucha más frecuencia que la catedral de Notre Dame.

De Galicia conservo indeleble el paisaje de las aldeas deshabitadas que contemplaba desde la ventanilla del tren mientras me preguntaba si el gallego carbonero que, en la playa de Santa Fe, compraba los cinco tabacos que a mi padre le daban a diario por trabajar como tabaquero en la fábrica de Gener, cuyo dueño tengo entendido que era asturiano, habría nacido en una de aquellas aldeas, vacías ahora. El dinero de aquellos cinco tabacos compraba la carne que comíamos mi padre, madre, hermano y yo durante cinco días de la semana. En Santiago de Compostela visité por tres seguidos, los únicos tres días que permanecí en la ciudad, la Catedral, para ver el bota fumeiro, que yo pensaba soltaba humo permanentemente y después Paquita, mi amiga asturiana, me dijo que sólo funcionaba en los años de jubileo. Dichosa que me puse, dijo ella.

De mis viajes a República Dominicana recuerdo muchas cosas, pero entre ellas se destaca la Fiesta de Palo a que asistí en el barrio de San Cristóbal. Más de mil personas, apiñadas en un gran patio, que bailaban y bebían y que, en medio de aquella barahúnda, se tomaron el trabajo de traernos sillas a quienes representábamos a la organización Latino Artists Round Table, y nos invitaron a subir a la tarima para que les entregáramos el diploma que les traíamos para felicitarlos por su labor en la conservación de la cultura tradicional dominicana. Y de Asturias, recuerdo la estatua a La Regenta en Oviedo, pero mi recuerdo más querido es del pueblo Grullos de Candamo, cuando Pilar y José me mostraron los carneros que criaban y Pilar dijo que claro que los querían, ellos personalmente no podían matarlos, pero qué se le va a hacer, hay que comer.


Cuando Jacqueline y yo, que viajamos juntas, anunciamos nuestros planes de viajar a Perú amigas y amigos se mostraron entusiasmados y nos recomendaron cautela: Lima es una ciudad peligrosa, que tomáramos un avión lo más pronto posible rumbo a Cusco; ese sitio sí es lindo y hay cosas que ver, tan sólo una hora de Lima por avión. De ahí vayan directo a Machu Picchu. Pero nosotras llevábamos en mente nuestro plan turístico, del que era difícil apartarnos. Tan difícil que no viajemos en autobús o barco, siempre que podamos, como disuadirme porque es muy peligroso llevarlas, para que me despoje de las veinte cadenas con dijes y medallas que me cuelgan del cuello desde hace más de treinta años. Ni cuando estuve en las montañas de Guatemala y las niñas venían en bandadas a tocarlas y pedirme que se las regalara me las quité, aunque Vivian Stronberg se pusiera nerviosísima por mi negativa a desnudarme el cuello. Al menor descuido me las arrancarían. Nadie lo intentó aunque no regalé ninguna. Otras cositas sí, pero mis cadenas no. No, porque una de ellas, la más vieja, me la regaló mi hijo Chuchi cuando tenía trece años y tiene ahora cuarenta y siete y otra, con un dije que es un árbol de la vida, me la trajo Berta Hiriart de México en 1987 y otra… bueno, cada una carga su historia.

En este viaje a Perú viajaríamos en autobús porque estamos convencidas de que es la mejor forma de conocer un lugar cuando vas a pasar en él escasos días y así lo hicimos.

Mi mamá decía que cada cual habla de la feria como le va en ella. Estas son mis impresiones de ese viaje. Lo que no olvidaré.

Nadie nos robó ni intentó hacerlo; al contrario, a toda persona a quien pedimos orientación fue extremadamente solícita, no sólo alrededor del Señorial de Miraflores, hotel en que nos quedamos, situado en un barrio donde las casas son grandes, bien pintadas, con jardines cuidados por manos expertas y en los edificios de rejas altas y portero hay ventanales de cristal de lado a lado de la pared. También en el Barrio Chino de Lima fueron gentiles. Llegamos allí casi por azar, tratando de alcanzar la Plaza de Armas, con la intención de ir a la catedral pero las calles que dan acceso a la plaza estaban cercadas por el ejército, armados los soldados, de pies a cabeza, con el equipo antimotines. El pueblo se reunía alrededor de ellos pidiendo paso para llegar incluso a sus trabajos. No permitían pasar. Pregunté a unas mujeres qué pasaba. Estaban impidiendo que los manifestantes se congregaran en la plaza, así no se veía cuántos eran. Son muchos, muchísimos, me dijo. Ante la imposibilidad de cruzar aquella barrera nos dirigimos a una mujer policía para preguntarle cómo llegábamos al Barrio Chino, que sabíamos cercano. Nos miró asombrada. “¿Ustedes quieren ir allá?”. Almorzamos en un restaurante de una calle peatonal donde las tiendas tenían los mismos artículos que en el Barrio Chino de Nueva York y al salir de esa calle nos dirigimos a otras en las que entramos en varios pasillos oscuros que conducían a patios interiores donde vendían vegetales chinos, jengibre, setas y otros productos de uso en la comida china. Los aledaños al Barrio Chino estaban poblados por gente subempleada que vendía caramelos, hebillas para el pelo, cuchillas de afeitar, juguetes y otras mil chucherías, los que compraban y gente que no vendía ni compraba; vagaba, y mujeres que pedían limosna sentadas en las aceras con sus niños sobre las piernas. Compramos una bolsa plástica a un vendedor ambulante que nos pidió un solcito por ella. Menos de $0.33. Es curioso que en la guía de lugares interesantes para ver en Lima, que aparece en un mapa que compramos en una librería, no está el Barrio Chino y sin embargo el Barrio Chino de Nueva York, el de Los Angeles, el de La Habana son considerados atracciones turísticas.

Esperando el autobús que nos conduciría de Lima al Cusco estaba sentado frente a nosotros un hombre que al escucharnos hablar nos preguntó si éramos cubanas. Por supuesto, él también lo era. Tenía cuarenta y pico de años largos, nombre ruso y era médico de profesión. Vivía en Lima desde hacía un año. Legó invitado a pasar dos semanas y se quedó con la esperanza de que su estancia en Perú será puente hacia Miami. Ahí lo espera un primo. Una mujer muy conversadora, sentada a mi lado, con destino a Ilo, un puerto en el sur del Perú a dos horas de Chile adonde iba para vender la mercancía que llevaba en varias cajas, pero para evadir los impuestos decía que eran artículos para su familia, con su simpática conversación trataba de que la ayudáramos a pasar las cajas como nuestras. Al escuchar al cubano comentó lo terrible que debe ser vivir en Cuba por la falta de libertad. Cuando terminó su comentario, que él escuchó atento, con los ojos entrecerrados como para prestar más atención, le dijo: ”Mira amiga, la gente se va de Cuba como tú puedes irte de Lima a Ilo, para ganar más dinero. Eso de la falta de libertad es un cuento”.

La hora de salida del autobús era las cinco de la tarde. Salimos a las siete y nos anunciaron veinticinco horas de viaje que se redujeron a dieciocho porque tuvimos que interrumpir la travesía en Arequipa. La carretera al Cusco estaba bloqueada. Bloqueada por manifestantes que protestaban por la privatización de los recursos naturales. Esto fue lo más preciso que nos dijo la empleada que anunció la interrupción del viaje en la estación de Arequipa y que el paro era indefinido. Terminamos en La casa de Jael, un hospedaje en la calle Regional, cercano a la impresionante Plaza de Armas de la ciudad, en una habitación por la que pagamos menos de $20.00 la noche, con piso, muebles, toallas y sábanas inmaculadas, buenas frazadas porque el frío era intenso, baño privado y agua caliente en la ducha por cinco minutos. La mañana siguiente, para dar tiempo a que apareciera una forma de llegar al Cusco, nos fuimos en una excursión de dos días al Valle del Colca, un lugar cuya existencia ignoraba y que después de verlo espero se le haga justicia y aparezca cualquier día en una lista como otra de las maravillas del mundo. Estuvimos en el cañón del Colca, más profundo que el de Colorado, vimos cóndores y vicuñas y en un lugar a casi 4,000 metros de altura, en donde el aire es muy fino y cuesta trabajo respirar si te ha tocado nacer y vivir en tierra llana, conocí las apachetas, cuyo encuentro me impresionó de tal modo que pasé el resto del viaje con la frente recostada al vidrio de la ventanilla del autobús para no perderme las que iban apareciendo a la orilla del camino. Las apachetas son unos montículos de piedras de diferentes tamaños que construyen en forma de pirámide y tienen función ritual. Generalmente son piedras de colores claros y con frecuencia tienen el objeto de rogar por un buen viaje, petición que indica gran sensatez pues basta con darse un viaje por aquellas carreteras esculpidas en el borde de las montañas, con el abismo del otro lado, en una tierra que tiembla a cada rato, para sentirse impulsada a pedir a los dioses que te protejan en el tránsito. La mujer que nos acompañaba como guía de turismo explicó que los indígenas construían las apachetas en la antigüedad por devoción y ahora lo continúan haciendo por tradición. Para mí, esa es una explicación para turistas. Claro que lo hacen por tradición porque han crecido viéndolo hacer, pero hay mucho más que eso. Por tradición prendo yo una vela todos los lunes a Elegguá, pero cuando la estoy prendiendo le pido que me muestre, a mí y a todos los que quiero, sólo los mejores de sus caminos y que me conceda a mí y a todos los que quiero la inteligencia y la sabiduría de escoger entre esos mejores caminos, el mejor: El llano, el recto, el protegido, el limpio. Estoy segura de que quienes preparan las apachetas además del buen viaje, piden salud, el pan de cada día y que la venta sea próspera; por algo había apachetas junto a los lugares donde exponían sus artículos para vender. Aquel lugar en el valle del Colca, a casi 4000 metros de altura, es un santuario impresionante.

Si algún día regreso a Arequipa visitaré dos lugares tan pronto deje las maletas en La casa de Jael: El mercado de San Camilo y el convento de Santa Catalina. Al mercado nos advirtieron que no fuéramos, era peligroso. Grande, y colorido, además de los vegetales, carnes, unos quesos riquísimos y los demás productos que es costumbre encontrar en los mercados, allí hay unas tiendas donde encontramos una multiplicidad de alimentos naturales como maca, linaza, una combinación para consumo humano de alpiste con maca y linaza que jamás había visto antes, perfumes para atraer salud, dinero y amor. Las vendedoras estaban muy informadas de las propiedades de lo que ofrecían a la venta y una de ellas nos regaló un amuleto a cada una, una botella diminuta llena de piedras de colores claros. Yo la tomé como una apacheta en miniatura.

El Monasterio de Santa Catalina de Siena vale, por sí solo, un viaje a Perú. Fundado en 1579, desde entonces ha albergado a monjas de clausura. Además de un salón en cuyas paredes cuelgan retratos al óleo, pintados después de muertas, de monjas que habitaron el convento, el cementerio privado, la lavandería, compuesta de enormes tinajas de barro cortadas a la mitad para servir de lavaderos y la paz suntuosa que se respira en los jardines, basta decir, para tener una idea de la magnificencia del convento, que es una ciudad dentro de la ciudad de Arequipa, con calles con nombres como Toledo y Sevilla en donde están ubicados los apartamentos de las monjas, cada uno con más de una habitación y su cocina. Para que las monjas tuvieran tiempo practicar sus obligaciones religiosas se les permitía tener hasta cuatro sirvientas. Supongo que las sirvientas irían al cielo directamente, como premio a lo mucho que pasaban en esta vida.

Después de tres días en Arequipa conseguimos transportarnos por autobús hasta Cusco, en un viaje de once horas que partió puntual, a las siete de la noche, y costó $12.00. Con casi todos los asientos ya ocupados subieron dos mujeres al autobús, una que podía ser la madre de la otra, una niña y dos niños. La niña tendría aproximadamente 8 años, el mayor de los niños 10 y el más pequeño 4 ó 5. Había sólo dos asientos vacíos. La más vieja ocupó uno y la joven sentó al niño más pequeño, que inmediatamente se durmió, en el otro. Ella, la niña y el otro niño permanecieron de pie hasta que el autobús arrancó. Entonces extendió sobre el piso del pasillo unas mantas que le colgaban del brazo y acostó la niña y el niño. Una detrás del otro. Ella viajó recostada al espaldar de algún asiento del frente y cuidando que los niños no se lastimaran, con una paciencia que no creo Santa Teresa haya sido capaz de superar. Yo miraba admirada la calma con que el resto de los pasajeros y el chofer tomaron la situación. Ni yo ni ninguna de las personas sentadas en la mitad del autobús ocupada por los durmientes del pasillo podíamos movernos de nuestros asientos, pero creo que a los demás, como a mí, los hubiera avergonzado quejarse. Aquella mujer estuvo de pie por once horas en un autobús bamboleante.

Después del viaje a Machu Picchu tuvimos que irnos del Cusco para Lima un día antes de lo planeado, debido a un anuncio de huelga general que comenzaría al día siguiente e iba a paralizar el transporte por tierra y aire.

El día anterior a nuestra salida para Nueva York nos encaminamos por la mañana a un mercado de artesanías cercano al Hotel Señorial, después de tomarme dos tazas del buen café que sirven en el desayuno, tan bueno que no extrañe ni el Bustelo ni el Cubita. Rumbo al mercado de artesanías, en una de las calles principales, estaba sentada en la acera una mujer con una mano extendida para pedir y con la otra sujetando un niño contra su pecho. Aunque la cara del niño era tan pequeña que aparentaba menos edad, el tamaño de su cuerpo indicaba unos tres años ya que las piernas no se acomodaban completamente sobre la falda de la mujer y colgaban hasta la acera. Pasamos a su lado, fuimos al mercado de artesanías, intentamos llegar hasta la catedral, no pudimos por estar rodeada por el ejército, almorzamos en el Barrio Chino, compramos la bolsa plástica al vendedor ambulante por un solcito, regresamos al hotel y allí preguntamos dónde podíamos comprar café para traer de regalo a Nueva York. Desde nuestra salida de la mañana habían pasado cerca de ocho horas. Para llegar al supermercado, uno de los más suntuosos que he visto, tuvimos que caminar por la calle que habíamos caminado en la mañana rumbo al mercado de artesanías y allí, en la misma acera, en la misma posición estaban la mujer y el niño, ahora soportando la llovizna de la tarde. Un cernidito habría dicho mi mamá, la garúa de las tardes de Lima, dijo Rocío Silva al mencionar aquella lluvia fina. Miré bien a la mujer para cerciorarme de que era la misma y lo era, pero lo más sorprendente era que tuviera aún al niño en brazos, el mismo niño, en la misma posición. No era posible, ninguno permanece inmóvil por tantas horas. Anduve las cuadras que me separaban del hotel barajando posibilidades. Ella cambiaba el niño, estaba moribundo, de ahí su inmovilidad, se habían ido de la acera en las horas en que no los vi. No sé, lo cierto es que ahora, al recordar a Perú veo con igual o más claridad que las imágenes de Machu Picchu, del Monasterio de Santa Catalina, del Valle del Colca, la imagen de la mujer de la mujer y el niño en la acera de Lima, a la paciente madre del autobús de Arequipa a Cusco con sus niños durmiendo en el pasillo y a una niñita de tres años llamada Ruth que conocí en la plaza de la catedral de Chivay, la capital de los catorce pueblos del Valle del Colca. Frente a la plaza de la Catedral había un establecimiento que se anunciaba como lbrería. Entré porque quería ver qué libros tenía. En realidad era una tiendita que vendía libretas, lápices, gomas de borrar, cinta de pegar y otros artículos para la escuela y en una pared frente al mostrador donde la vendedora atendía los clientes se encontraba un estante con unos pocos libros de bolsillo, ediciones abreviadas de Los miserables, La vida es sueño, La divina comedia y algunos más impresos en una letra muy chiquita y con unas portadas de colores tan vivos y diseños tan pintorescos que parecían libros infantiles. La Beatriz de la portada de La Divina Comedia es una niña rubia con cara de angelita pícara, vestida de amarillo canario con alas azul pavo. Compré dos libritos por $0.45 cada uno y con ellos en la mano crucé la calle y me senté en un banco de la Plaza. Inmediatamente se me acercó una niña atraída, por los libros, y me pidió verlos con los gestos, no con palabras. Tras ella se acercó una mujer que resultó ser la mamá y otra niña más pequeña que ella, su hermanita. La mayor tenía tres años, dijo la madre y aunque su tamaño concordaba con lo que la mujer decía, por su locuacidad aparentaba cinco, si no más. La hermanita tenía año y medio y las tres vestían con trajes típicos, es decir, faldas multicolores y sombreros. Las dos niñas eran color de melocotón, como es frecuente entre la gente por aquellas regiones, y tenían las mejillas quemadas por el frío, como también es frecuente entre la gente por aquellas regiones. Comenzamos a conversar y yo al ver la niña, de nombre Ruth, tan entusiasmada con los libros, le ofrecí cruzar la calle y comprarle uno. La madre me dijo: ”Ay, no, que los rompen. Más bien plata”, pero la niña engurruñó la cara y comenzó e jeremiquear. Miré a la madre pidiendo aprobación y le dije a la niña que se lo compraba. En la tienda, la cargué para que pudiera escoger un libro del estante, y después de una ojeada rápida agarró La divina comedia y me dijo que aquél porque era igual al mío. Después buscó uno para su hermanita. Salimos de la tienda, di algo de plata a la madre y continué caminando. Volví a verlas al otro lado del parque, me acerqué a ellas y le dije a la madre: ”Manda esa niña a la escuela, es muy inteligente” y le expliqué lo rápido que había identificado los dibujos del libro mío para pedir uno igual. Sonrió, no dijo nada y seguí andando. Cuatro o cinco metros más adelante siento que me halan por el pantalón y es Ruth. Me detengo, la miro, me muestra su librito y pregunta: “¿Para qué es esto?”